Aunque el verano suele asociarse con lluvias constantes, en México hay un periodo que rompe ese patrón: la canícula. Para 2026, especialistas prevén que este fenómeno se instale a partir de la segunda quincena de julio, trayendo consigo días más secos, cielos despejados y un aumento marcado en la sensación térmica que podría rebasar los 40 grados Celsius en diversas zonas del país.
Lejos de ser un evento aislado, la canícula se ha convertido en un desafío recurrente para comunidades enteras. Durante aproximadamente 40 días —aunque su duración puede variar—, la disminución de precipitaciones coincide con temperaturas elevadas, generando un entorno propicio para golpes de calor, deshidratación y afectaciones en actividades productivas, especialmente en regiones donde el calor ya es una constante.
Los estados del Golfo, el noreste y el sur del país serán algunos de los más impactados. Entidades como Veracruz, Tabasco, Tamaulipas, Nuevo León, San Luis Potosí, Michoacán, Guerrero, Oaxaca y Chiapas figuran entre las que podrían enfrentar condiciones más severas, con jornadas donde el calor no solo se siente, sino que se vuelve parte de la rutina diaria.
En este contexto, la canícula no solo pone a prueba la resistencia del clima, sino también la capacidad de adaptación de la población. La exposición prolongada al sol, la escasez temporal de lluvias y el aumento en la demanda de agua y energía obligan a replantear hábitos y reforzar medidas de prevención, especialmente para grupos vulnerables que enfrentan mayores riesgos ante el calor extremo.