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Paola de la Rosa
Dato y Relato

El costo humano de un sistema de salud colapsado

Hay escenas que no deberían normalizarse en ningún hospital: pacientes esperando durante horas, personas acostadas en pasillos, ambulancias que llegan con enfermos y terminan buscando otra unidad porque ya no existe capacidad para recibirlos, diagnósticos que familiares cuestionan y, recientemente, imágenes difundidas en redes de una mujer que habría dado a luz dentro de un baño de una clínica del IMSS en San Luis Potosí. Cuando los reportes comienzan a acumularse, la pregunta resulta inevitable: ¿qué está pasando? Esto es la señal de un sistema que está siendo rebasado frente a los ojos de todos.

No se trata de atacar gratuitamente a médicos, enfermeras o trabajadores que todos los días enfrentan jornadas agotadoras. También ellos padecen un sistema sometido a una enorme presión. Pero precisamente por eso resulta indispensable hablar de lo evidente: hay derechohabientes que sienten que las clínicas están rebasadas.

La atención médica no puede convertirse en una carrera de resistencia para quien llega enfermo. Mucho menos para una mujer en trabajo de parto, una persona adulta mayor, un paciente trasladado en ambulancia o una familia que lleva horas esperando noticias.

A ello se suman testimonios y denuncias sobre diagnósticos presuntamente equivocados, consultas apresuradas y un trato que en ocasiones es señalado como indiferente. La crítica alcanza tanto a personal de base como a médicos en formación, aunque sería injusto generalizar: hay profesionales comprometidos que trabajan con recursos y tiempos limitados. El problema aparece cuando las deficiencias dejan de ser excepcionales y comienzan a percibirse como parte de la rutina.

El propio IMSS ha anunciado inversiones para modernizar servicios en San Luis Potosí. Este año, por ejemplo, puso en operación un nuevo tomógrafo en el Hospital General de Zona con Medicina Familiar No. 1, con una inversión de 26.6 millones de pesos y capacidad para atender a más de 72 mil derechohabientes.

Pero comprar tecnología no resuelve por sí solo la saturación. Se necesitan camas, médicos suficientes, personal especializado, espacios dignos, organización hospitalaria y, sobre todo, capacidad real para atender al paciente cuando llega.

Los documentos institucionales muestran además una red que constantemente requiere trasladar pacientes entre unidades de distintos municipios y hospitales de la capital. Eso evidencia la enorme presión logística que enfrenta el sistema.

Lo que no puede ocurrir es que el derechohabiente termine pagando esa presión con incertidumbre, dolor o abandono.

La población merece saber cuántas camas existen, cuál es la ocupación hospitalaria, cuánto personal falta y qué está haciendo el IMSS para evitar que las urgencias terminen en pasillos o que una ambulancia tenga que seguir buscando dónde dejar a un paciente.

Porque las cuotas se cobran puntualmente. La enfermedad tampoco espera. Y cuando una institución de salud comienza a ser asociada con saturación, retrasos y atención deficiente, no basta con pedir paciencia.

Se necesitan respuestas.