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Gustavo Candia
Opinión

Gentrificación y xenofobia como amenaza a la cultura mexicana

En los últimos meses, la palabra “gentrificación” ha sido invocada como si se tratara de una amenaza colonial, un tsunami que barre con la identidad mexicana desplaza a los vecinos, y convierte los barrios tradicionales en escaparates de brunch y bicicletas vintage. En el fondo, la reacción es comprensible: en un país donde el salario mínimo no alcanza para vivir en la misma ciudad que uno trabaja, la llegada de extranjeros con ingresos en dólares desata tensiones inmediatas. Pero culpar a los migrantes por la crisis de vivienda es como culpar al enfermo por la fiebre.

La gentrificación no es el problema. Lo es la ausencia de Estado, la falta de regulación clara, y el abandono estructural de los barrios que hoy están en disputa.

En medio de una economía digital, los “nómadas digitales” y migrantes voluntarios ven a México NO como una selva de explotación, sino como un REFUGIO CULTURAL Para muchos, mudarse aquí representa una elección por lo humano, lo comunitario, lo vivo.

¿Es eso un pecado?

La MIGRACIÓN EXTRANJERA REGULADA Y PARTICIPATIVA PUEDE APORTAR CAPITAL ECONÓMICO, PERO SOBRE TODO CAPITAL SOCIAL: inversión en servicios, mejoramiento urbano, redes de colaboración internacional, intercambio cultural.

Lo verdaderamente preocupante no es que haya extranjeros caminando por la Roma o Coyoacán, sino que la política de vivienda siga pensada para especuladores y no para vecinos.

Si queremos evitar el despojo cultural, la expulsión de vecinos y el resentimiento social, no necesitamos expulsar a nadie, sino ordenar el modelo de ciudad. Y eso se hace con política pública, no con pancartas.

Es totalmente viable implementar medidas como límites de hospedaje por colonia, licencias temporales y obligaciones fiscales claras, sin cerrar la puerta al desarrollo turístico responsable.

Es fundamental que el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL) y la Secretaría de Desarrollo Urbano y Vivienda (Seduvi), por mencionar algunas, trabajen en conjunto con las alcaldías para proteger las zonas con valor histórico y cultural.
La planeación urbana no debe quedar en manos de algoritmos ni ser guiada únicamente por los intereses de las empresas inmobiliarias.

Hoy, la educación intercultural, no debe ser desde el “tú me debes respeto”, sino desde la responsabilidad compartida de quienes habitan México.

La cultura mexicana no se debilita por la presencia de un extranjero que pregunta “¿qué significa Itacate?”, se debilita cuando el Estado no invierte en bibliotecas, en festivales barriales, en espacios públicos.

La identidad no es un museo ni una playera del Mundial: es una práctica diaria, con acento, con mezcla, con historia.

México es un país abierto, desde su creación como Estado independiente, pues recordemos que nuestra cultura nace de la mezcla de mundos y culturas. Hay quienes viven de incendiar redes con discursos de “fuera gringos”. Y hay quienes, desde la condescendencia, se burlan de los problemas locales mientras alquilan un Airbnb de 20 mil pesos. Ambos extremos son síntoma de la misma enfermedad: una ausencia de proyecto común.

Lo que necesitamos es un modelo de convivencia urbana inteligente, plural y económicamente viable, donde quepan los de siempre y los recién llegados. Pero que, ante todo, ponga al centro al habitante, no al metro cuadrado.

La gentrificación no es el enemigo. El verdadero enemigo es la improvisación con que las autoridades abordan un fenómeno global, creyendo que con retuits o slogans se puede gobernar una ciudad viva.

La capital no está en venta, pero tampoco debe cerrarse como una trinchera. México no pierde cuando alguien quiere vivir aquí. Pierde cuando no sabemos cómo convivir.