En el circo mediático y político que algunos sectores de la izquierda progresista han montado alrededor del conflicto palestino-israelí, PARECE QUE LA HISTORIA Y LA REALIDAD SON MEROS ACCESORIOS PARA ALIMENTAR UNA NARRATIVA COMPLACIENTE. Defender la creación de un Estado palestino como una causa justa y revolucionaria sin siquiera entender el contexto histórico y político más básico, es no solo una muestra de ignorancia, sino una irresponsabilidad moral y política.
Desde la creación del Estado de Israel en 1948, una fecha que marcó el retorno legítimo del pueblo judío a su tierra ancestral tras siglos de persecución y tragedia, el conflicto ha sido mucho más que una simple disputa territorial. Es una lucha de supervivencia, identidad y seguridad. No podemos olvidar que Israel ha sido atacado desde sus inicios por países vecinos y grupos terroristas que niegan su derecho a existir.
Y aquí es donde la izquierda progresista se equivoca de forma alarmante: no reconoce que Israel ha hecho esfuerzos reales por alcanzar la paz. Los Acuerdos de Oslo en 1993 y 1995, firmados con la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), son prueba fehaciente de ello. Más aún, en 2000, durante la cumbre de Camp David, el primer ministro israelí Ehud Barak puso sobre la mesa una oferta territorial que incluía cerca del 92% de Cisjordania para los palestinos, más Gaza y una propuesta para Jerusalén. ¿QUÉ HIZO YASER ARAFAT? RECHAZÓ SIN CONTRAOFERTA SERIA, CONDENANDO AL CONFLICTO A UNA ESPIRAL DE VIOLENCIA SIN FIN.
Pero la izquierda progresista, encantada con sus clichés y etiquetas, prefiere ignorar esta realidad incómoda. En lugar de analizar estos hechos, se limitan a repetir un discurso victimista, sin reparar en que Hamas, el grupo extremista que controla Gaza, está dedicado a la formación y adoctrinamiento de niños para que se conviertan en soldados suicidas y terroristas contra Israel. Organizaciones internacionales como Human Rights Watch y UNICEF han documentado esta brutal realidad: el terrorismo infantil es una herramienta política que perpetúa el odio y la violencia.
Este adoctrinamiento no es un detalle menor ni un dato anecdótico. Es la manifestación más cruel de cómo algunos sectores palestinos han optado por la confrontación violenta en lugar del diálogo. Y mientras Hamas lanza cohetes indiscriminados contra civiles israelíes, la izquierda progresista se queda en la comodidad de una narrativa unidimensional, que solo ve al “oprimido” palestino y al “opresor” israelí.
Pero la verdad no es tan sencilla. El conflicto es complejo, y las soluciones requieren reconocer los errores y responsabilidades de todas las partes. Apoyar la creación de un Estado palestino sin exigir el cese del terrorismo ni la aceptación del derecho a existir de Israel es, en el mejor de los casos, una ingenuidad política. En el peor, una complicidad con quienes perpetúan la violencia.
La izquierda progresista debe salir de su burbuja de ideología y moda, y entender que detrás del conflicto hay vidas reales, heridas profundas y una historia de rechazo a la paz que pocos quieren enfrentar. No se puede vender la idea romántica de la resistencia palestina sin mirar de frente que una parte significativa de sus dirigentes opta por la guerra y el odio, incluso a costa de sus propios niños.
La verdadera defensa de los derechos humanos pasa por condenar el terrorismo, reconocer el derecho legítimo de Israel a existir y exigir a la dirigencia palestina que abandone el adoctrinamiento violento y acepte una solución pacífica. Sin eso, cualquier apoyo acrítico a la creación de un Estado palestino es solo un acto de ceguera voluntaria, que no ayuda ni a palestinos ni a israelíes.
¿Hasta cuándo la izquierda progresista seguirá aferrada a una narrativa simplista que ignora la historia, los hechos y la realidad cotidiana? Defender una causa solo porque está de moda, sin exigir responsabilidades ni claridad, es ser cómplice de un conflicto que se cobra vidas inocentes día tras día. La paz no se construye con slogans ni con omisiones, sino enfrentando con valentía las verdades incómodas que muchos prefieren callar. ¿Cuándo dejarán de ser parte del problema para realmente apostar por la solución?