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Gustavo Candia
Opinión

Hasta cuando haremos algo...

En este México nuestro, donde la sociedad parece atrapada en un letargo de murmullos y resignación, la clase política se ríe en nuestra cara, engordando sus bolsillos mientras nosotros solo atinamos a cuchichear en las sobremesas. Desde la presidenta Claudia Sheinbaum hasta los oportunistas como Fernández Noroña o "Alito" Moreno, los políticos de todos los colores se han convertido en una casta intocable que saquea al país sin rendir cuentas. ¿Y nosotros? Nos quedamos de brazos cruzados, criticando en voz baja, pero sin hacer nada para frenar esta burla descarada, ni siquiera cuando los delincuentes, ahora arropados y protegidos por un gobierno que les da impunidad, nos extorsionan, secuestran, cobran piso por trabajar o tener un negocio, y hasta controlan los precios de lo más básico para sobrevivir.

La opacidad de la clase política es un insulto que comienza desde lo más alto. Claudia Sheinbaum, con su discurso de "transformación", nos vende espejitos mientras los contratos millonarios se firman a puerta cerrada. Los datos de seguridad se manipulan, las mañaneras se convierten en monólogos de autocomplacencia, y el pueblo, ese que ella jura representar, queda relegado a mera estadística. ¿Dónde está la rendición de cuentas? ¿Dónde están las respuestas claras sobre el destino de nuestros recursos? Pero no, nosotros solo cuchicheamos, nos quejamos en redes sociales, y seguimos votando por los mismos. 

Esta indiferencia colectiva nos está llevando al abismo, agravada por un gobierno que protege a los delincuentes organizados, permitiendo que nos extorsionen sin consecuencia. En Guanajuato, por ejemplo, el CJNG y otros cárteles imponen cuotas a productos de la canasta básica como tortillas, refrescos y cerveza, controlando precios en al menos 10 estados y encareciendo la vida cotidiana. Los secuestros, las extorsiones y el cobro de piso a negocios y trabajadores son el pan de cada día, y el gobierno mira para otro lado. La seguridad es un desastre: el narco campea a sus anchas, las balaceras en San Luis Potosí ya no son noticia, y los feminicidios se acumulan sin justicia. El trabajo digno es un espejismo; la informalidad y los salarios de miseria son la norma para millones, mientras pagan piso solo por existir. La economía se desangra con una inflación que nos asfixia y un gobierno que gasta en caprichos mientras el pueblo paga los platos rotos. La salud, ese derecho pisoteado, se reduce a hospitales sin medicinas ni abastos, donde la negligencia gubernamental deja a los pacientes a su suerte en clínicas desabastecidas. Y la educación, oh la educación, ahora convertida en un cascarón vacío donde no se enseña nada útil a nuestros hijos, condenando a las futuras generaciones a un ciclo de ignorancia y pobreza perpetua. Este es el caos que hemos permitido al no alzar la voz, al conformarnos con murmurar en lugar de organizarnos.

Hemos tolerado demasiado, y el precio de nuestra inacción es un país al borde del colapso. Como advirtió Nicolás Maquiavelo en El Príncipe: No debemos dejar nacer un desorden para evitar una guerra, porque acabamos no evitándola; la diferimos únicamente, y no es nunca más que con sumo perjuicio nuestro. Pero detengámonos un momento, lector: ¿qué más necesita que el gobierno nos quite nuestra libertad, nuestra esperanza, o tal vez nuestra última gota de dignidad, para que, por fin, dejemos de cuchichear y empecemos a tomar acción ante tanta estupidez política?