En el panorama político mexicano, pocos temas generan tanta pasión y división como los movimientos sociales que han marcado nuestra historia reciente. El movimiento estudiantil de 1968, la lucha por los 43 desaparecidos de Ayotzinapa y, más recientemente, las marchas por Palestina Libre, se presentan como banderas de justicia y resistencia. Sin embargo, en un análisis crítico y sin concesiones, ES INEVITABLE CUESTIONAR SI ESTOS EMBLEMAS NO SE HAN TRANSFORMADO EN UN VICTIMISMO CONVENIENTE, que diluye su esencia original y expone una hipocresía latente. No se trata de negar las tragedias subyacentes, la masacre de Tlatelolco en 1968 fue un acto de represión brutal por parte del Estado, que dejó cientos de muertos y heridos en un contexto de demandas democráticas legítimas, sino de examinar cómo estos movimientos han evolucionado, O INVOLUCIONADO EN RITUALES VACÍOS QUE SIRVEN MÁS A AGENDAS POLÍTICAS QUE A LA VERDADERA TRANSFORMACIÓN SOCIAL.
Tomemos el movimiento del 68: lo que comenzó como una protesta contra la autoritaria mano del PRI, iluminando la hipocresía gubernamental y la represión policial, se ha convertido en una conmemoración anual que, en muchos casos, se reduce a discursos nostálgicos y marchas simbólicas. Cincuenta años después, como se ha documentado en reflexiones históricas, los estudiantes mexicanos siguen enfrentando violencia y represión, inspirándose en aquel legado. Pero ¿dónde está la acción concreta? El victimismo radica en invocar el pasado para justificar la inacción presente, mientras la sociedad mexicana permite que el ciclo de impunidad continúe. Es insidioso cómo estos actos conmemorativos a menudo ignoran que el mismo sistema político que masacró en Tlatelolco sigue evolucionando, ahora bajo fachadas democráticas, sin que las demandas originales, como una verdadera apertura política, se materialicen, pues aquellas banderas, como la imposición de cuotas de género, o bajar el requisito de la edad para acceder a cargos públicos NO SON LA RESPUESTA A LA APERTURA POLÍTICA, es uno de los peores engaños que nos han hecho creer como sociedad y lo peor de todo es que aún y que lo sabemos, no hacemos nada.
Similarmente, el caso de los 43 de Ayotzinapa, desaparecidos en 2014 en un escándalo de colusión entre autoridades y crimen organizado, representa una herida abierta. La lucha inicial por verdad y justicia ha sido inquebrantable, con familias y activistas exigiendo respuestas ante un Estado que ha fallado en esclarecer los hechos. Sin embargo, en su evolución, este movimiento ha perdido foco en ocasiones, diluyéndose en protestas que se entremezclan con agendas partidistas o que se repiten sin avances tangibles. La hipocresía surge cuando estos reclamos se usan para atacar a gobiernos específicos, pero se silencian ante abusos similares en otros contextos. México sigue plagado de desapariciones forzadas, más de 100,000 casos reportados y ejecuciones extrajudiciales, convirtiéndose este movimiento en un victimismo selectivo que no trasciende ni conecta.
Y el colmo, como bien apunta la consulta, es la irrupción del movimiento por Palestina Libre en el contexto mexicano. Aquí, la hipocresía alcanza niveles cósmicos, pues en México, donde la violencia local, como la perpetrada por cárteles y el Estado, cobra miles de vidas anualmente, ESTAS MARCHAS IMPORTADAS PARECEN UN DISTRACTOR EXÓTICO, un VICTIMISMO IMPORTADO QUE DESVÍA LA ATENCIÓN DE NUESTROS PROPIOS INFIERNOS. ¿Por qué no marchar con igual fervor contra la impunidad en casos como el de los migrantes desaparecidos en la frontera o las fosas clandestinas en Guerrero? O MAS RECIENTEMENTE PORQUE NO MARCHAR EXIGIENDO SOLUCIONES A LA GOBERNADORA DE VERACRUZ O EXIGIENDO UNA DISCULPA Y ACCIONES A LA PRESIDENTA CON A DE ARROGANCIA QUERIENDO SILENCIAR LO QUE SUCEDE EN AQUELLA ZONA DEL PAÍS La respuesta es sencilla: porque ESTOS MOVIMIENTOS HAN PERDIDO SU OBJETIVO PRIMORDIAL, donde la indignación selectiva sirve a ideologías más que a soluciones.
Esta deriva victimista erosiona la credibilidad de las causas genuinas y perpetúa un ciclo de ineficacia. Pero, en última instancia, ¿qué deberíamos estar exigiendo al gobierno actual? No más conmemoraciones huecas, sino acciones concretas: una reforma profunda al sistema de justicia, principalmente en las fiscalías, para erradicar la impunidad, donde menos del 1% de los crímenes se resuelven, inversión real en educación y prevención de violencia. Exigir transparencia en elecciones marcadas por violencia política, y un fin a la colusión entre políticos y crimen organizado, que alimenta desapariciones y ejecuciones.
Si me permite hace una reflexión contundente: SÍ!… como sociedad mexicana, nos merecemos estas atrocidades en la medida en que nuestra pasividad las ha habilitado. No por un castigo divino o karma colectivo, sino por una lógica inexorable de causa y efecto. Durante décadas, hemos tolerado la corrupción rampante, la violencia electoral y los atropellos de políticos que prometen cambio pero perpetúan el statu quo. Reportes internacionales destacan cómo la impunidad y los abusos humanos persisten debido a una ciudadanía que, en su mayoría, opta por el silencio o la resignación ante el terror cotidiano. Esta apatía, no votar, no denunciar, no unirnos en demandas unificadas, ha permitido que el Estado y los criminales operen con carta blanca, convirtiéndonos en cómplices involuntarios de nuestro propio sufrimiento. Merecemos lo que permitimos, no por masoquismo, sino porque la inacción es una elección que cosecha caos. Solo rompiendo esta cadena de pasividad podremos reclamar un futuro sin victimismos estériles ni atrocidades normalizadas.