Japón amaneció con un hecho histórico: por primera vez, una mujer liderará el gobierno. Sanae Takaichi, una política conservadora de 64 años y conocida por su postura dura frente a China, asumió el cargo de primera ministra tras cerrar un acuerdo de coalición que evitó la parálisis política en Tokio. Su llegada al poder marca un giro en la política japonesa, pero también desata cuestionamientos sobre el rumbo que tomará el país bajo su mando.
Takaichi, una exbaterista de heavy metal y admiradora de Margaret Thatcher, emergió como figura de poder en medio del desgaste del Partido Liberal Democrático, que ha gobernado casi sin interrupciones por décadas. Sin embargo, su triunfo vino acompañado de fracturas: el partido Komeito abandonó la coalición por diferencias ideológicas, obligándola a buscar apoyo del Partido Innovación de Japón. Con este pacto, la nueva líder intenta sostener un gobierno de minoría en uno de los momentos más inciertos de la política japonesa reciente.
Pese a sus promesas de construir un gabinete con equidad de género, Takaichi solo nombró a dos mujeres entre sus 19 ministros. La medida contrasta con su discurso de modernización, en un país donde la representación femenina en el Parlamento apenas alcanza el 15% y donde persisten leyes que reflejan el peso de tradiciones del siglo XIX, como la obligación de las parejas casadas a compartir el mismo apellido.
Con la mirada puesta en la recuperación económica y la estabilidad internacional, Takaichi deberá equilibrar su conservadurismo con la presión global por la igualdad y los derechos sociales. Mientras su ascenso despierta esperanzas y recelos, el mundo observa cómo la primera mujer en gobernar Japón intenta romper un molde que, durante más de un siglo, pareció inquebrantable.