Washington vive un nuevo capítulo del estilo Trump. Entre maquinaria pesada y promesas de grandeza, el presidente de Estados Unidos ordenó la demolición parcial del ala este de la Casa Blanca para dar paso a un monumental salón de baile de 8 mil 300 metros cuadrados. La obra, valorada en 250 millones de dólares, será financiada con aportaciones privadas y marcará la expansión más grande de la residencia presidencial en más de un siglo.
La demolición sorprendió incluso a los corresponsales presentes, que observaron cómo una excavadora derribaba muros históricos para abrir paso al nuevo proyecto. Trump, fiel a su narrativa de lujo y espectáculo, aseguró en su red social Truth Social que la Casa Blanca será “más hermosa que nunca”. El mandatario argumentó que el nuevo espacio permitirá realizar eventos más grandes, sin recurrir a las carpas que actualmente se usan para cenas de Estado y recepciones.
El ala este —tradicional sede de las oficinas de las primeras damas— ha sido completamente desalojada para las obras. Mientras tanto, el presidente ha convertido su regreso al poder en una oportunidad para remodelar el símbolo político más importante de Estados Unidos: oro en la Oficina Oval, nuevos pavimentos en el Jardín de las Rosas y ahora, un salón de baile digno de un palacio europeo.
La iniciativa ha provocado reacciones encontradas. Mientras sus seguidores celebran la “modernización” de la Casa Blanca, críticos la ven como otra muestra del narcisismo de Trump. Aun así, el mandatario parece decidido a dejar una huella imborrable, no solo en la política estadounidense, sino también en los muros —literalmente— de la historia.