Por Redacción Contra Réplica

China se enfrenta al silencio de sus cunas: los nacimientos no despegan pese a los incentivos

A una década del fin de la política del hijo único, el gigante asiático vive su tercera caída consecutiva de población, mientras los jóvenes priorizan su libertad y estabilidad económica antes que formar familia.

China atraviesa una paradoja demográfica: tras abolir hace diez años la política del hijo único, el país más poblado del planeta no logra detener el envejecimiento de su sociedad ni recuperar el entusiasmo por la maternidad y la paternidad. En 2024, la población cayó por tercer año consecutivo, con 1.408 millones de habitantes y apenas 9,54 millones de nacimientos, un leve repunte que no alcanza a revertir la tendencia más baja desde mediados del siglo pasado.

El gobierno de Xi Jinping ha calificado el tema como “un asunto vital para la revitalización nacional” y ha desplegado una ofensiva para impulsar la natalidad. Subsidios para el cuidado infantil, educación preescolar gratuita, licencias matrimoniales más extensas e incentivos económicos de hasta 50 mil yuanes por el tercer hijo son parte del intento por crear una “sociedad favorable a la natalidad”. Sin embargo, los resultados no acompañan el entusiasmo oficial.

Las nuevas generaciones parecen desconectadas de la narrativa tradicional. Más de la mitad de los universitarios no consideran el matrimonio ni los hijos como metas esenciales, especialmente las mujeres, que temen ver limitada su independencia profesional. Las prioridades cambiaron: estabilidad emocional, crecimiento personal y bienestar pesan más que perpetuar el linaje. “No es que no queramos niños, es que no queremos sacrificar nuestras vidas por ellos”, expresa Lin, una mujer de 38 años en Pekín.

A esto se suma una realidad económica que desalienta los sueños familiares. Criar un hijo hasta la universidad cuesta en promedio 680 mil yuanes —más de seis veces la renta per cápita—, un peso que pocos jóvenes están dispuestos a cargar. El resultado: un país donde las cunas vacías reflejan una transformación profunda, no solo demográfica, sino cultural, que ni las políticas ni los subsidios han logrado revertir.