Por Redacción Contra Réplica

El norte de Afganistán tiembla otra vez: tragedia y ruinas en medio del silencio

Un nuevo sismo de magnitud 6.3 sacudió la provincia de Samangan, dejando más de 20 muertos y más de 500 heridos. El país, aún herido por los desastres recientes, enfrenta una emergencia que revela su frágil infraestructura y el peso de la crisis humanitaria.

Otra madrugada de terror estremeció a Afganistán. Un sismo de magnitud 6.3 golpeó la provincia de Samangan, en el norte del país, dejando un saldo preliminar de más de veinte muertos y más de quinientos heridos. El epicentro se localizó en el distrito de Kholm, a 28 kilómetros de profundidad, según el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS). Las imágenes que comenzaron a circular horas después muestran casas reducidas a polvo y familias enteras buscando sobrevivientes entre los escombros.

En Mazar-i-Sharif, una de las ciudades más emblemáticas del país, la majestuosa mezquita azul —símbolo del arte islámico del siglo XV— sufrió severos daños. Partes de su estructura, incluyendo uno de sus minaretes, colapsaron tras el temblor. La escena es dolorosa: azulejos esparcidos, muros fracturados y la prohibición inicial de registrar el desastre. Una joya histórica que resiste, una vez más, las sacudidas de un país condenado a recomenzar.

Las autoridades talibanas informaron que las labores de rescate continúan, mientras el Ministerio de Defensa reabrió la carretera principal entre Mazar-i-Sharif y Kholm, bloqueada por deslizamientos de tierra. Sin embargo, el restablecimiento eléctrico sigue pendiente en varias provincias, tras la afectación de líneas que provenían de Uzbekistán y Tayikistán. “Muchas casas quedaron destruidas y se registraron pérdidas importantes”, reconoció el vocero adjunto del gobierno, quien aseguró que se distribuye ayuda médica y alimentaria.

Este nuevo desastre llega apenas dos meses después de otro sismo devastador que, en agosto, cobró más de 2.200 vidas en el este del país. Afganistán, atravesado por la cordillera del Hindu Kush, vive sobre una línea sísmica tan inestable como su presente político y social. Entre el hambre, la sequía y el colapso económico, cada temblor deja algo más que grietas en la tierra: deja un país que sigue temblando por dentro.