En la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP), esa supuesta “máxima casa de estudios” del estado, hemos sido testigos de un espectáculo que revela la podredumbre de ciertos movimientos estudiantiles que dicen luchar por la justicia, pero actúan desde la conveniencia. Hace apenas unas semanas, un grupo de activistas paralizó la institución: tomaron edificios, bloquearon accesos y exigieron la destitución de diversas autoridades universitarias, provocando renuncias injustas pero comprensibles ante la tensión del momento. Gritaban por “justicia” y “cero tolerancia”, pero el movimiento se tornó tan radical que hasta el debido proceso les resultó un estorbo. Manipularon pruebas y testimonios, apropiándose del Estado de Derecho y proclamando su propia versión de la justicia.
Hoy, la verdadera hipocresía de esos jóvenes manipulables, influenciables y engreídos queda expuesta. Mientras antes exigían reflectores, ahora guardan un silencio vergonzoso ante el asesinato de Jorge Dávila Ramírez, estudiante de la Facultad de Estomatología, de 23 años, quien perdió la vida el 10 de noviembre tras resistirse a un asalto en las inmediaciones de la zona universitaria poniente. Un joven baleado en el pecho, a unos metros de su escuela. ¿Dónde están ahora las hordas que hace poco destruían todo a su paso? ¿Por qué no hay marchas ni bloqueos contra la Fiscalía del Estado, que “investiga” con su habitual opacidad? ¿Dónde están aquellos líderes que buscaban protagonismo en las negociaciones universitarias exigiendo seguridad, mientras las corporaciones policiacas presumen patrullas nuevas sin resultados tangibles?
Es evidente que estos movimientos no responden a la justicia, sino a la conveniencia. Se encienden cuando hay cámaras y atención mediática, y se apagan cuando el caso incomoda al poder o exhibe sus contradicciones. Exigieron la destitución de autoridades por un caso dudoso y manipulado, pero ante un asesinato real, ocurrido prácticamente dentro de su entorno, optan por el silencio cómplice. Tal vez callan porque señalar a la Fiscalía o a la Policía Estatal implicaría enfrentarse al gobierno en turno, ese que aplaude las protestas “progresistas” mientras ignora las que cuestionan su autoridad.
La UASLP, lejos de ser un faro de pensamiento crítico, se ha convertido en un escenario de oportunismos y discursos huecos. Esos estudiantes que juegan a ser revolucionarios, paralizando instituciones y destruyendo reputaciones sin medir las consecuencias reales de sus actos, son producto del mismo sistema que dicen combatir. Porque al final, ¿quién paga el costo? Los directivos, las víctimas, los docentes y ahora un joven asesinado en la calle. Decir que “son chavos y se les hizo fácil” no justifica el caos selectivo ni la irresponsabilidad disfrazada de activismo. Si quieren jugar en las ligas mayores, deben asumir todas las reglas; de lo contrario, que se queden en el kínder de las consignas vacías.