Por Redacción Contra Réplica

La pobreza infantil no se mide solo en ingresos

Un investigador de la UASLP advierte que la calidad de vida de niñas y niños está determinada por factores familiares, sociales y estructurales que siguen fuera del centro de las políticas públicas.

Cuando se habla de pobreza infantil, el debate suele reducirse a la falta de dinero, pero la realidad es más compleja. Desde la academia, el investigador de la Coordinación Académica Región Huasteca Sur de la UASLP, Johny Bautista Valdivia, plantea que la niñez enfrenta una red de carencias que va del entorno familiar a la infraestructura pública y que, si no se atienden de forma integral, el impacto se arrastra durante décadas.

El planteamiento cobra fuerza a la luz del más reciente informe de UNICEF, que revela que más de 417 millones de niñas y niños, uno de cada cinco a nivel mundial, viven con al menos dos privaciones graves en rubros esenciales como educación, salud, vivienda o acceso a agua potable, una realidad que también atraviesa a países como México. Para el académico, estos datos no solo describen una emergencia social, sino una advertencia sobre el futuro económico y comunitario de las regiones.

Bautista Valdivia subraya que los programas sociales, aunque necesarios, resultan insuficientes si se limitan a la entrega de apoyos. Desde su experiencia en psicología, insiste en que la atención debe comenzar incluso antes del nacimiento, con acompañamiento emocional durante el embarazo y acciones de estimulación temprana que fortalezcan el desarrollo cognitivo y emocional de los menores, tareas que recaen principalmente en el sector salud.

El diagnóstico se vuelve más crudo en la Huasteca potosina, donde la migración forzada, el cambio climático, la falta de transporte, la escasez de agua y la ausencia de servicios básicos crean un entorno de estrés permanente para la niñez. A ello se suma la separación familiar, cuando madres o padres migran y dejan vacíos afectivos que inciden en el desarrollo emocional. Para el investigador, ignorar estas variables no solo limita el potencial de las infancias, sino que debilita el tejido social completo de las comunidades.