La mañana de este miércoles, una espesa neblina cubrió el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México y alteró el ritmo habitual de sus operaciones. Por razones de seguridad, las autoridades aeroportuarias suspendieron temporalmente los aterrizajes, una decisión que impactó de inmediato a decenas de vuelos programados en plena temporada alta de viajes.
Mientras las llegadas permanecieron detenidas durante algunas horas, los despegues continuaron con ajustes y demoras. Varias aerolíneas informaron a sus pasajeros sobre cambios en itinerarios y posibles reprogramaciones, generando escenas de incertidumbre en salas de espera, donde familias y viajeros buscaban iniciar o cerrar el año lejos de casa.
El episodio dejó ver la fragilidad de la logística aérea ante fenómenos meteorológicos aparentemente comunes, pero decisivos. En fechas como esta, cuando la demanda se multiplica, cualquier alteración climática se traduce en efectos en cadena que alcanzan no solo a las aerolíneas, sino también a hoteles, traslados y planes personales.
Conforme avanzó la mañana y mejoraron gradualmente las condiciones de visibilidad, las operaciones comenzaron a normalizarse. Sin embargo, la jornada quedó marcada como un recordatorio de que, incluso en un aeropuerto acostumbrado al movimiento constante, el clima sigue teniendo la última palabra.