La gala de los Grammy dejó algo más que premios y actuaciones memorables. Una broma lanzada desde el escenario principal detonó la molestia de Donald Trump, quien anunció su intención de demandar al conductor de la ceremonia luego de que este hiciera una referencia irónica a su nombre en el contexto del caso Jeffrey Epstein, uno de los episodios más sensibles de la política reciente en Estados Unidos.
El comentario ocurrió durante el monólogo inicial del presentador, cuando mezcló humor político con referencias a figuras públicas, un recurso habitual en este tipo de eventos. Sin embargo, la mención indirecta a Epstein —financiero fallecido y señalado por una red de abuso sexual— cruzó una línea para el exmandatario, quien reaccionó con dureza al considerar que la broma insinuaba vínculos inexistentes.
Horas después, Trump negó cualquier relación con Epstein y calificó el comentario como difamatorio. Desde su entorno dejó claro que analiza acciones legales, en un nuevo episodio de confrontación con medios, artistas y figuras del entretenimiento que recurren a la sátira para cuestionar al poder político.
El episodio volvió a poner sobre la mesa el debate sobre los límites del humor en espacios masivos y el papel de la comedia como herramienta de crítica social. En una industria donde el espectáculo suele dialogar con la coyuntura política, la amenaza de una demanda plantea una pregunta incómoda: ¿hasta dónde puede llegar la broma cuando el poder responde con abogados?