Después de casi tres años marcados por la escasez de agua, México atraviesa un momento inusual de alivio. Al inicio de 2026, solo el 7.4 % del territorio nacional presenta algún grado de sequía, la cifra más baja registrada desde 2020. El dato marca un punto de inflexión tras un periodo en el que amplias regiones del país vivieron restricciones, pérdidas agrícolas y presión constante sobre el suministro urbano.
El contraste con los años recientes es contundente. En 2024, más de tres cuartas partes del país enfrentaban condiciones de sequía moderada a excepcional, una situación que impactó directamente en la producción de alimentos, el costo del agua y la vida cotidiana de millones de personas. Hoy, gran parte de esas zonas han salido del semáforo rojo, gracias a una recuperación climática que pocos anticipaban con tanta rapidez.
El cambio se explica, en buena medida, por una temporada de lluvias especialmente intensa durante 2025. Ciclones tropicales, ondas de humedad, el monzón del noroeste y frentes fríos atípicos se combinaron para recargar ríos, presas y acuíferos. Estados del norte, centro y sur del país, históricamente vulnerables a la sequía, registraron acumulados de lluvia por encima del promedio, reduciendo de forma significativa la superficie afectada.
El efecto también se refleja en el almacenamiento de agua. Las principales presas del país cerraron el año pasado con niveles superiores a los de 2024, y varios sistemas estratégicos se acercaron a su capacidad máxima. Aunque especialistas advierten que el riesgo no ha desaparecido y que el manejo del agua sigue siendo un desafío estructural, el escenario actual ofrece una pausa necesaria tras uno de los episodios de sequía más prolongados de la última década.