El invierno mostró su cara más severa en Berlín. El aeropuerto internacional Berlín-Brandeburgo suspendió operaciones luego de que una combinación de lluvia helada y bajas temperaturas formara placas de hielo sobre las pistas, volviéndolas inoperables para despegues y aterrizajes. La decisión, tomada por razones de seguridad, paralizó uno de los centros de conexión aérea más importantes de Alemania.
Durante horas, los equipos intentaron mantener las pistas despejadas con labores de deshielo, pero las condiciones meteorológicas no dieron tregua. La superficie permaneció resbaladiza y peligrosa, lo que obligó a mantener en tierra a los aviones y a reprogramar vuelos nacionales e internacionales, sin un horario claro para la reanudación total de actividades.
El impacto se sintió más allá del aeropuerto. Pasajeros varados, conexiones perdidas y agendas alteradas evidenciaron la fragilidad de la movilidad aérea frente a fenómenos climáticos extremos. La situación se sumó a afectaciones en otros sistemas de transporte del norte de Alemania, donde el hielo complicó también la circulación por carretera y ferrocarril.
El episodio reabrió la conversación sobre la preparación de la infraestructura frente a eventos climáticos cada vez más intensos y frecuentes. Mientras las aerolíneas ajustan itinerarios y los viajeros esperan una salida, el hielo no solo detuvo aviones: recordó que, incluso en potencias logísticas, la naturaleza aún tiene la última palabra.