La cercanía entre el príncipe Andrés y Jeffrey Epstein vuelve a colocar a la monarquía británica bajo escrutinio. Nuevos documentos señalan que durante una visita a Nueva York, en 2010, los escoltas asignados al entonces miembro activo de la familia real recibieron indicaciones del equipo del financiero para resguardar una reunión privada en su residencia de Manhattan.
Los agentes, pertenecientes a la seguridad oficial del Reino Unido, no solo protegían al hijo de la reina Isabel II, sino que también controlaron accesos y supervisaron el desarrollo del encuentro social organizado por Epstein. La revelación abre un debate sobre hasta dónde llegaba la relación entre ambos y qué nivel de conocimiento existía sobre el perfil del anfitrión, quien ya había enfrentado acusaciones por delitos sexuales.
El episodio no es menor en términos institucionales. Que personal financiado por el erario británico operara bajo directrices externas plantea cuestionamientos sobre protocolos, límites y responsabilidades dentro de la estructura de protección real. Más allá de lo social, el caso toca fibras políticas y éticas en torno al uso de recursos públicos.
Aunque el príncipe Andrés se apartó de sus funciones oficiales tras el escándalo que lo vinculó con Epstein, cada nueva revelación reactiva el debate sobre transparencia y rendición de cuentas en la monarquía. Lo que parecía un capítulo cerrado vuelve a mostrar que las sombras del pasado siguen proyectándose sobre la corona.