La animación mexicana acaba de dar un salto histórico. “Soy Frankelda”, un largometraje realizado con la técnica artesanal de stop-motion, fue adquirido por Netflix, marcando un hito en la presencia del cine nacional en la programación internacional de la plataforma.
La película, que tardó años en completarse debido a la complejidad de su producción cuadro por cuadro, no solo representa una pieza singular en el catálogo latinoamericano, sino también una oportunidad para que historias locales encuentren audiencias globales. Netflix, con su masiva base de suscriptores, pone ahora en vitrina un proyecto nacido y creado en México, acercando a espectadores de distintas latitudes a una narrativa animada cargada de identidad.
El impacto directo de esta adquisición se siente también en la comunidad creativa nacional: estudios emergentes y talentos independientes ven en “Soy Frankelda” un referente de que es posible competir en la esfera internacional sin renunciar a estilos arriesgados y laboriosos. Para muchos, esto significa abrir puertas para futuras producciones hechas en México con técnicas menos convencionales que el 3D o la animación digital.
Más allá de la compra por parte de una gigante del entretenimiento, la llegada de esta obra a una plataforma global pone sobre la mesa un tema mayor: el valor cultural y comercial de apostar por historias propias. “Soy Frankelda” no solo se proyectará en pantallas de millones, también reafirma que el cine mexicano, incluso en sus formas más artesanales, puede dialogar con el mundo y poner en alto la creatividad local.