Personal de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, nos platica que, efectivamente, Juan José “El Minino” Rodríguez recibe apoyo de esa casa de estudios por parte del rector. El Minino, sin empacho, utiliza un espacio que le han dado generosamente en un medio de comunicación para continuar haciendo su agosto a través del ya conocido “chayote”.
Es comprensible que no pueda controlar sus impulsos y que lo que escribe esté carente de conocimiento literario, no solo por no tener instrucción —pues nos informan que cursó hasta el cuarto año de primaria—. Esto no es denostable: millones de mexicanos, en aquellas generaciones a las que él pertenece, se vieron imposibilitados, por diferentes causas, de tener una formación académica.
Lo cuestionable es que se venda como un intelectual o asesor, ejerciendo el periodismo al que está acostumbrado: el rudo, el del golpeteo, el bajo, el ruin, el sin escrúpulos, sin principios y, por supuesto, ya ni hablar de la ética periodística. Porque periodista no es.
Durante mucho tiempo, quienes recibieron sus embates guardaron silencio, ante el temor de que su honra u honorabilidad se vieran aún más lastimadas por este personaje. ¿Cuántas vidas públicas dañó? Son cientos de potosinos y potosinas quienes han vivido en carne propia la infamia de este inefable sujeto.
El rector —lo han dicho los propios estudiantes— es un buen hombre y, sin duda, “El Minino” ha encontrado en él la oportunidad de continuar con privilegios. ¿Qué credibilidad puede tener cuando eligió hace años a qué grupo político pertenecía y al que aún pertenece? Por supuesto, no hay objetividad; es muy selectivo a la hora de denostar.
Algunos lo recuerdan como un hombre soberbio, altanero, que amasó una fortuna aprovechando cada cargo público que llegaba a sus manos. Tal vez la justicia expedita de la que hablan nuestras leyes ya no llegue a él, pero su reputación lo trasciende.
Ojalá no se le ocurra preguntar a quienes cree sus amigos qué opinan de él, porque la respuesta, si es objetiva, sería contundente: es una mala persona. Su resentimiento hacia la vida hoy lo coloca en la desesperación, y cree que puede lastimar a quien sea sin que haya una respuesta.
Son otros tiempos para “Don Gato” y su pandilla de papel, y para muchos que se escudan tras una pluma.