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Ernesto García Hernández
Opinión

Barrer la casa de adentro hacia afuera el reto de Morena.

La renovación interna de Morena llegó acompañada de discursos sobre ética, territorio y cercanía social, pero también en medio de una tormenta de señalamientos que amenaza con convertirse en el principal desgaste político del partido rumbo a 2027.

La llegada de Ariadna Montiel Reyes a la dirigencia nacional no es solamente un relevo administrativo. Es, en realidad, el reconocimiento de que dentro del movimiento comenzaron a encenderse las alarmas. Porque Morena entendió algo que durante años quiso ignorar: la popularidad ya no alcanza cuando alrededor de ciertos perfiles empiezan a acumularse dudas, relaciones incómodas y expedientes políticamente tóxicos.

El mensaje de la nueva dirigencia parece claro: ya no basta con ganar encuestas, llenar espectaculares o convertirse en tendencia. Ahora se presume que habrá filtros, revisión de trayectorias y distancia con personajes bajo sospecha. El problema es que esa narrativa choca de frente con la realidad que hoy enfrenta el propio partido.

Ricardo Monreal intentó contener el golpe asegurando que la relación entre crimen y política es una herencia del viejo PRIAN. Y quizá tenga razón en parte. Durante décadas, los vínculos oscuros entre poder regional y delincuencia organizada fueron un secreto a voces. Pero el argumento empieza a desgastarse cuando Morena prometió ser distinto y hoy enfrenta exactamente los mismos cuestionamientos que antes denunciaba.

Porque las acusaciones ya no vienen únicamente desde la oposición. Ahí están las investigaciones, los señalamientos internacionales y los casos que, cuando menos, exhiben cercanías políticamente insostenibles.

El ejemplo más incómodo es el de Ana Lilia Rivera. Nadie discute su peso político ni su nivel de conocimiento público, pero la polémica por los reconocimientos entregados a Juan Pablo Penilla Rodríguez —abogado relacionado con figuras del crimen organizado y posteriormente señalado por autoridades estadounidenses— terminó por colocarla en una posición difícil de defender.
Y entonces apareció la frase más repetida en la política mexicana: “yo no sabía”.
Nunca nadie sabe. Nunca nadie fue. Nunca nadie vio.

El problema es que en política las realidades pesan más que las aclaraciones tardías. Y cuando Morena presume una nueva etapa de “depuración ética”, casos como éste inevitablemente generan preguntas incómodas sobre qué tan profundo será realmente ese filtro.

Lo mismo ocurre con perfiles cuestionados por presuntos actos de corrupción o manejo irregular de recursos públicos. Porque el nuevo discurso morenista habla de honestidad y cercanía con la gente, pero la práctica sigue mostrando personajes que cargan señalamientos serios y aun así continúan plenamente vigentes dentro del movimiento.

Ahí está la verdadera prueba para Morena: decidir si la limpieza interna será auténtica o únicamente una estrategia discursiva para contener el desgaste político antes de las elecciones.

Y justamente en ese contexto aparece una propuesta que, aunque polémica, deja de sonar descabellada.

La iniciativa presentada en San Luis Potosí por el diputado Héctor Serrano Cortés para obligar a quienes aspiren a cargos de elección popular a aprobar exámenes de control de confianza podría parecer excesiva en otro momento político. Pero con el nivel de desconfianza actual, los escándalos acumulados y las constantes sospechas sobre infiltración criminal en la política, la discusión adquiere otra dimensión.

Porque si policías, custodios y elementos de seguridad deben someterse a evaluaciones psicológicas, patrimoniales, toxicológicas y hasta poligráficas para portar un uniforme, ¿por qué quienes aspiran a administrar presupuestos millonarios, controlar corporaciones o tomar decisiones públicas no tendrían que acreditar, al menos, un mínimo estándar de confiabilidad?

Claro, la iniciativa es perfectible pero se tiene que poner sobre la mesa debatirse e incluso de ser necesario adecuarse, nadie quiere controles de confianza convertidos en instrumentos de presión o veto electoral pero ante las circunstancias no se descartan barreras para el ingreso de la delincuencia a la política.

Y la razón es simple: la política mexicana llegó a un punto donde pedir probidad dejó de ser exagerado y empezó a convertirse en una necesidad básica.