Como todo en esta vida, estamos en constante cambio. Evolucionamos, nos actualizamos. Sin embargo, hay transformaciones tan rápidas que nos obligan a detenernos y hacernos la pregunta incómoda: ¿realmente estamos listos para lo que creamos?
La Inteligencia Artificial es una realidad, un arma tecnológica de doble filo que habita en nuestros teléfonos y computadoras. Su lado amable es innegable. Una herramienta extraordinaria que nos ayuda a optimizar el tiempo, revisar textos, potenciar la creatividad, acelerar diagnósticos médicos o mejorar prácticamente cualquier actividad que deseemos. Pero al reverso se esconde una oscuridad profunda: su uso con fines negativos, diseñado específicamente para delinquir y afectar dolosamente.
El verdadero peligro de la IA no es que piense por sí misma, sino el uso que los seres humanos le están dando en el anonimato digital. Hoy, con un par de clics, un software de libre acceso puede clonar la voz de un hijo para simular un secuestro virtual, o manipular el rostro de una mujer en un video para extorsionarla o destruir su reputación. La delincuencia encontró en los algoritmos a su mejor aliado, operando en un terreno donde la frontera entre lo real y lo simulado se ha borrado por completo.
En San Luis Potosí, por ejemplo, la suplantación de identidad fue tipificada como un delito desde 2017, una época en la que la IA aún no se apoderaba de las plataformas digitales ni de nuestras vidas de la forma en que lo hace ahora. Aquella legislación, pensada originalmente para castigar el robo de documentos físicos o perfiles falsos rudimentarios en redes sociales, se quedó corta ante la sofisticación del deepfake y los fraudes automatizados.
El Congreso del Estado ha tenido que dar un paso al frente para actualizar el marco jurídico. Recientemente se aprobaron reformas al Código Penal para castigar el uso de la Inteligencia Artificial cuando se emplea para cometer delitos como la violencia digital, extorsiones o fraudes. Estas modificaciones buscan que el vacío legal no sea el refugio de los delincuentes y que herramientas como la Ley Olimpia alcancen también a las creaciones hiperrealistas de los algoritmos.
La IA está aquí para quedarse y prohibirla sería tan inútil como intentar tapar el sol con un dedo. El reto no es tecnológico, sino ético y legal. Mientras la legislación potosina se robustece para castigar a quienes usan la tecnología como un arma, a nosotros como sociedad nos toca aprender a dudar, a verificar y a entender que, en la era de los algoritmos, la ciberseguridad ya no es un lujo, sino una medida urgente de supervivencia porque la IA puede convertirse en una aliada extraordinaria, pero también en una herramienta peligrosa cuando se utiliza para engañar, difamar, extorsionar o vulnerar derechos.
Paola de la Rosa
Dato y Relato
La paradoja de la IA: el algoritmo que nos ayuda y el delito que nos amenaza
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