Cuando era niña, mis papás siempre nos llevaban a la feria. La parada obligada era el Pabellón Artesanal, pero más que ir a conocer o comprar los productos que ahí se ofrecían, para nosotros significaba visitar a los jobitos y a los huastecos, amistades que mis padres fueron haciendo con el paso del tiempo y con cada visita al pabellón.
Las pláticas comenzaban siempre de la misma manera: primero había que saber cómo les había ido durante el año, qué había pasado desde la última vez que nos vimos y cómo estaban sus familias. Después, casi inevitablemente, terminábamos sumergidos en las conversaciones sobre la feria, sus novedades, la gente y todo aquello que había cambiado de un año para otro.
La Feria Nacional Potosina (Fenapo) ha sido desde entonces uno de mis lugares favoritos. Cada agosto viajábamos desde Charcas para visitar la feria. Era todo un acontecimiento familiar. Ahí también nos compraban la mochila que estrenaríamos para el nuevo ciclo escolar y recorríamos los pasillos con esa emoción que solamente se tiene cuando eres niño y todo parece enorme.
Después de regresar a mi pueblito, Charcas, la Fenapo seguía presente. Durante los primeros días de clases, las pláticas del recreo eran precisamente sobre la feria: qué habíamos visto, qué habíamos comprado, a qué juegos nos habíamos subido y, sobre todo, lo grande que nos parecía aquel lugar.
Con los años, las cosas cambiaron. Crecí y migré a la capital potosina. Entonces esperaba la llegada de agosto con la misma emoción, aunque mis intereses ya eran diferentes. El Pabellón Artesanal dejó de ser mi principal destino y comenzaron a serlo los conciertos, los artistas y todo lo que ocurría alrededor de los escenarios.
Escuchar la radio y seguir las transmisiones de los eventos feriales alimentaba un anhelo que repetía constantemente: “cuando sea grande quiero trabajar en la feria”.
Me imaginaba siendo la locutora, la reportera o la conductora que presentaba a los artistas. Cada agosto ese sueño cobraba más fuerza. Veía a los locutores haciendo control remoto, a los reporteros corriendo de un lugar a otro y a los conductores de televisión realizando sus programas desde la Fenapo. Mientras los observaba trabajar, pensaba que algún día yo también estaría ahí.
La feria dejó entonces de ser solamente aquel lugar al que viajaba desde Charcas con mi familia. Se convirtió también en una meta profesional.
Pasaron los años, llegaron oportunidades, aprendizajes, y aquella niña que caminaba por el Pabellón Artesanal comenzó a recorrer la misma feria, pero ahora trabajando, entrevistando, contando historias y viviendo desde el otro lado aquello que durante tanto tiempo había imaginado.
A veces alcanzar un sueño significa mucho más que cumplir una meta: significa volver al lugar donde todo comenzó y descubrir que aquella niña de Charcas, que recorría la feria tomada de la mano de sus papás y miraba con ilusión a quienes trabajaban informando en la feria y para ella, sigue ahí.
Hoy camino por la Fenapo con otros pasos, con responsabilidades, entrevistas, transmisiones y jornadas largas, pero también con la misma emoción de entonces. Y cada agosto, entre las luces, la música y el ruido de la feria, inevitablemente vuelvo a encontrarme con esa niña que soñaba en grande.
Quizá por eso la Fenapo nunca ha sido solamente una feria para mí. Es memoria, familia, infancia y también la prueba de que algunos sueños sí encuentran el camino para hacerse realidad.
Paola de la Rosa
Dato y Relato
Sueños y recuerdos de un agosto ferial
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