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Paola de la Rosa
Dato y Relato

¿Quién educa a quién: la escuela al alumno o el celular a todos?

Regular el uso del celular en las escuelas no debería convertirse en una guerra contra la tecnología. El teléfono no es el enemigo. El verdadero reto está en aprender cuándo usarlo, para qué usarlo y, sobre todo, cuándo guardarlo.
 
En muchas aulas, el celular ya forma parte de la vida cotidiana. Sirve para buscar información, resolver dudas, comunicarse con la familia o acceder a herramientas educativas. Pero también puede convertirse en una distracción constante: una notificación, un video, un mensaje, una red social y, de pronto, la clase dejó de importar.
 
No se trata de regresar a una escuela desconectada del mundo, porque eso sería absurdo. Las niñas, niños y adolescentes crecen rodeados de tecnología y tendrán que aprender a convivir con ella durante toda su vida. Lo que sí resulta razonable es enseñarles que existen momentos para conectarse y momentos para prestar atención a lo que ocurre frente a ellos.
 
La escuela también es un espacio para conversar, escuchar, convivir, equivocarse y aprender con otros. Y cuando una pantalla ocupa todo el tiempo la atención, esas experiencias se van haciendo más pequeñas.
 
También están los problemas que muchas familias conocen bien: grupos de WhatsApp durante la clase, fotografías sin permiso, videos de compañeros, burlas en redes sociales, retos virales o mensajes que pueden convertir un conflicto escolar en un problema mucho mayor.
 
Regular no significa prohibir por prohibir.
 
Una medida de este tipo tendría sentido si viene acompañada de reglas claras, excepciones razonables y educación digital. Habrá estudiantes que necesiten comunicarse por situaciones familiares o de salud. También existirán actividades académicas en las que un teléfono o una tableta sean útiles. Por eso, cualquier regulación debería tener suficiente flexibilidad para reconocer esas diferencias.
 
La responsabilidad tampoco puede recaer únicamente sobre los estudiantes. Las familias tienen un papel fundamental. Pedirle a un adolescente que no revise el teléfono mientras come, estudia o conversa resulta difícil cuando los adultos viven pendientes de una pantalla todo el día.
 
Quizá esta discusión sobre los celulares nos obliga a hacernos una pregunta más profunda: ¿qué relación queremos tener con la tecnología?
 
Porque el objetivo no debería ser formar jóvenes que obedezcan la orden de apagar un dispositivo, sino personas capaces de decidir cuándo vale la pena mirar una pantalla y cuándo es mejor mirar a quien tienen enfrente.
 
Si la regulación logra eso, habrá cumplido mucho más que una función disciplinaria. Habrá enseñado algo que también los adultos necesitamos recordar: no todo lo urgente aparece en una notificación y no todo lo importante ocurre detrás de una pantalla.