Un grupo de expertos en conservación concluyó el pasado viernes la primera etapa de recuperación y restauración de la Capilla Enterrada, ubicada en Zapotitlán de Salinas, Puebla, dentro de la Reserva de la Biósfera Tehuacán-Cuicatlán que, en 2018, fue declarada Patrimonio Mundial por Unesco.
La capilla, única en su tipo hasta ahora, fungió como almacén para el resguardo de sal y se ubica dentro de un promontorio geológicamente poco consolidado, a un costado del Camino Real.
De acuerdo con la información existente, en la época prehispánica, esta zona pudo ser habitada por tribus popolocas hace más de mil años, las cuales se asentaron en el sitio para trabajar en la producción de sal, explica a Excélsior Norma A.
García Huerta, directora de la asociación civil Yo Restauro Patrimonio, encargada de coordinar los trabajos.
Además, detalla que en los alrededores se ubica el sitio arqueológico de Cuthá, que significa el Cerro de las Máscaras, el cual ha sido estudiado, pero no ha sido abierto al público, así como numerosos inmuebles construidos con materiales tradicionales, que fueron empleados para el comercio y que en el futuro se buscará su recuperación.
En esta primera fase nos abocamos a hacer rescate y una restauración preventiva, porque las pinturas murales estaban muy delicadas, pero tenemos pensado, más adelante, hacer también trabajos arqueológicos, ya que en los alrededores hay una gran cantidad de cerámica doméstica dispersa”, asegura.
Sobre los trabajos realizados en la Capilla Enterrada, destaca que se debió nebulizar y desinfectar el espacio para garantizar la seguridad de los expertos, debido a la detección de aves y murciélagos en su interior, los cuales depositaron su excremento y provocaron la erosión de los murales.
También realizaron el levantamiento de imagen con drones, a cargo de Cammarq, del arquitecto Edgar Martínez, para revisar los daños en la bóveda, donde se detectaron cactus y mezquites con raíces que penetraron en la estructura y abrieron una serie de canales por los que ingresaba agua al interior de la ermita.
Los trabajos emergentes, abunda García Huerta, incluyeron la consolidación de muros con ribetes para fijar los aplanados en riesgo de colapsar, así como la inyección de cal donada por la firma Oxical para pegar nuevamente al sustrato y atajar su desplome.
De forma paralela, el arqueólogo y restaurador Daniel Juárez, con apoyo de la comunidad, removió el escombro que provocaba un declive al interior del templo, consolidó un muro que también tenía riesgo de desplomarse y selló una entrada de agua que fue detectada.