Formalmente, este primero de septiembre arrancó la nueva Suprema Corte de Justicia. Para bien o para mal, ya está instalada, y todo lo que pasó antes tendrá que quedar en el anecdotario de la historia, y será esta misma quien lo juzgue. Sin embargo, lo que no podemos dejar de lado es la famosa entrega de los bastones de mando en la ceremonia en la que los nuevos ministros los recibieron. ¿De quién? ¿Por qué? ¿Para qué? Y no me lo tome a mal, estimado lector, pero en México existen 68 variantes étnicas indígenas, con tradiciones y reglas distintas. Es más, para acabar pronto, tan solo en el vasto territorio mexicano hay 364 variantes lingüísticas. Es decir, en principio, no todas tienen los mismos usos y costumbres, no todas tienen un bastón, y, por tanto, ¿por qué se debería ponderar un bastón sobre otro cuando cada una de las variantes es distinta? Y finalmente, ¿por qué invocaron a Tonantzin y Quetzalcóatl con la finalidad de conectarse espiritualmente y solicitar perdón “por todo el daño causado a la Madre Tierra” si no representan a la inmensa mayoría de los grupos originarios?
El bastón de mando que recibió el nuevo Ministro Presidente fue realizado por Enrique Fabián, un carpintero de 60 años que lleva 45 en el oficio. Fue, a través de la Suprema Corte, mediante su canal Justicia TV, que le preguntaron al carpintero qué sentía al ver su trabajo en manos del máximo tribunal, elegido democráticamente. A lo que Enrique Fabián respondió que era "un gusto, el privilegio de que mi trabajo lo tenga una persona tan importante". Es decir, el bastón de mando no lo elaboró una etnia indígena, sino un carpintero. La representación del mismo en el logo de la Suprema Corte no tiene un mérito más allá del elaborado por el Ministro Presidente a petición del carpintero y no emana de alguno de los 68 pueblos originarios. Es más, no es originario ni de su propia comunidad, sino más bien una ficción para hacer creer la falacia de que el pueblo se lo otorgó. Y hasta ahí.
Pero no se engañe a la gente haciendo creer que se trata de una ceremonia de algún grupo indígena, porque eso es apropiación cultural política. ¿Y por qué le digo esto? Porque mientras la ceremonia se desarrollaba, se invitaban a los pueblos y comunidades indígenas al Palacio Judicial, mientras, muy al margen, los pueblos originarios potosinos exigían un alto al fracking.
Y usted dirá: “este pobre diablo, ¿qué va a saber de pueblos indígenas y tradiciones? Ni nació ni creció en ellas”. Y tiene razón, pero al menos en la defensa de los pueblos originarios de San Luis Potosí algo sé. Entre ello, debo decir que incluso los famosos “gobernadores indígenas”, utilizados en campañas para la entrega de bastones de mando, son distintos; cada comunidad tiene la propia. Históricamente, no hay evidencia de que existieran figuras de gobernadores indígenas antes de la colonización, lo que podría echar por tierra ese famoso bastón de mando. Pero quizá eso lo ahondemos en otro momento. Aquí, lo importante siempre queda fuera de las ceremonias, los eventos de ornato o incluso de los triunfos populares.
La Suprema Corte, ahora progresista e indigenista, y sobre todo con el poder del pueblo, tiene la encomienda de garantizar justicia a tres de los 68 grupos indígenas del país. Y se enfrentará a uno de los poderes a los que ahora están subordinados: el Ejecutivo, con la idea de hacer rentable Pemex. Ahí sí veremos qué tanto atienden al pueblo.
Durante la pomposa ceremonia, un grupo de indígenas huastecos y teneks, previo a la toma de protesta, se reunió en el ejido San Pedro, municipio de San Antonio. Los integrantes de las comunidades indígenas celebraron una asamblea masiva centrada en el rechazo a los planes de Petróleos Mexicanos (Pemex), que en su estrategia 2025-2035 contempla proyectos de fracking en la región. Pese a que el 70 por ciento de su población pertenece a comunidades originarias, ahí se quedaron esperando que la justicia social, los representantes del pueblo, la Cuarta Transformación y, por qué no, la justicia, no les arranquen su riqueza, valuada en oro negro y no en lo verde y frondoso de sus paisajes. Mucho menos en aquellos ancestros que defendieron las comunidades durante la conquista, hoy disfrazada de un rescate patriotero que busca extraer lo más valioso de su tierra: los recursos naturales. Entre el agua y lo frondoso de su selva, no quedará nada más que millonarias inversiones de Pemex, cambiando el entorno natural de la Huasteca.
Por eso queda la pregunta: ¿será realmente el bastón de mando el que se imponga sobre el actuar de una estructura gubernamental a modo, o será que aquellos que, bajo rituales, se entregaron al pueblo cumplan su palabra de defender, pedir perdón a la Madre Tierra y ejercer con sabiduría el cargo por el que fueron votados, para no ser botados al basurero de la historia?