En El laberinto de la soledad, Octavio Paz escribió, no de manera literal, pero sí parafraseando, que “nadie puede entender a México si omite al PRI”. Hoy, en este momento histórico, esa frase podría dejar a los más jóvenes confundidos, absortos e incluso incrédulos. A estas alturas del país parecería que no hay partido más muerto que aquel que, en su tiempo, construyó instituciones. Y no me malinterpreten: no se trata de defender a ese armatoste vacío en el que se ha convertido el Partido Revolucionario Institucional, sino de reconocer que, si no fueran ellos quienes gobernaron, otros habrían tenido que hacerlo.
La realidad es que le debemos estabilidad social al PRI, no por ser el partido en sí, sino por haber puesto un alto al interminable desfile de sucesiones presidenciales postrevolucionarias, en las que los caudillos buscaban llegar al poder a balazos. En esas décadas, el PRI, a pesar de sus excesos, logró establecer reglas, instituciones y cierta cohesión política que evitó la anarquía que caracterizó al México posterior a la Revolución.
En estas fechas, se ha popularizado un documental de N+ sobre la historia del PRI, narrado tanto por quienes podrían ser llamados los sepultureros del partido como por quienes, hace más de 28 años, contribuyeron a que existiera la alternancia, la democracia y los partidos de oposición. Curiosamente, quienes entonces denunciaban la caída del sistema hoy ostentan el poder y se han convertido en aquello que juraron destruir. Bajo la intención de construir un México más “justo”, republicano y democrático, centrado en ideas de izquierda, han quedado atrapados en promesas “socialistas” que parecen de los años treinta: un nacionalismo patriótico de escuela primaria, con un gobierno de los cincuenta bastante patrioteril y cerrado al mundo. Incluso China, en su comunismo moderno, entendió el papel de los mercados para expandir su política socialista, mientras que en México resurgen fantasmas del priismo, como señaló Diego Fernández de Ceballos al señalar que el PRI ahora porta un “chaleco guinda”.
No cabe duda de que, en su momento, la fuerza del PRI le permitió cometer abusos y atropellos de manera justificada, pero también escribió la historia que nos quería contar: definió una narrativa patriótica, nos vendió la idea de un país con rumbo, gobernado por quienes sabían gobernar, y nos dio una tradición política que se perdió cuando los mexicanos dijeron basta a un régimen que se protegía a sí mismo, que no se cuestionaba, que no fue autocritico y que permitió de manera desmedida la corrupción, el abuso y el cinismo.
En el marco de este documental, podemos entender la visión priista que hoy encarna Morena. Parece irónico para quienes crecimos en los noventa odiando al partido hegemónico, vivir ahora una segunda versión más fuerte, aplaudida por los jóvenes que jamás conocieron la cruda realidad del PRI, de sus actores y de sus hechos violentos. Sin embargo, en términos prácticos, la diferencia con Morena no es tan grande.
Para comprender a Morena, es necesario verse reflejado en el PRI: la conducción de la narrativa, la repartición de recursos, la concentración del poder, la minimización de la oposición, el desprecio por las instituciones, el control absoluto de las cámaras, el nepotismo y el descaro de involucrar a presidentes estatales de otros partidos en eventos presidenciales o legislativos recuerdan que “el dinosaurio sigue vivo”. Muchos jóvenes no lo recuerdan, pero los mexicanos que crecimos bajo el régimen priista hemos padecido una enseñanza deficiente de nuestra historia. Tal vez eso nos hace aferrarnos a lo conocido, a una cultura política que nació de un partido y se convirtió en un pensamiento mutante que cambia de piel —o de chaleco— para enquistarse en los de siempre, en aquellos que se acomodan por conveniencia política o presión.
Lo interesante del documental es que permite comparar al PRI con su supuesto sucesor ideológico. Morena, mediante la campaña de afiliación de 10 millones de ciudadanos, busca convertirse en un partido de Estado. Aunque la definición aún no está construida del todo, se puede ejemplificar con gobiernos de China, Vietnam, Cuba o Corea del Norte; y en América Latina, con Venezuela y Nicaragua. No se trata de afirmar que México vaya hacia allá, pero preocupa el interés de afiliar a todos al partido, justificando así la intención de convertirse en el único “representante del pueblo” y negando capacidad de representación a los demás partidos, que quedan excluidos, de jure o de facto, del ejercicio del gobierno. Morena controla las instituciones estatales, empezando por los poderes del Estado, establece relaciones simbióticas con ellas, es intolerante con la oposición, a la que califica como “enemigos del pueblo”, y solo admite otros partidos que actúen como aliados incondicionales.
Hoy, el PRI se parece mucho al de 2000: parecía acabado, finiquitado. Sin embargo, dos sexenios después resurgió. El PRI, como partido, puede perder su registro, pero permanece como cultura política. Morena ha heredado un remedo de hegemonía priista, con sindicatos, gremios, empresarios y movimientos sociales que, al parecer, buscan consolidarse como partido de Estado. Este control subordinante abarca los tres órdenes de gobierno, sin necesidad de reformar la Constitución: basta con desintegrar, en leyes y prácticas, el sistema electoral que, hasta 2021, garantizaba competencia con equidad, elecciones libres, autoridades imparciales y respeto al voto ciudadano.
En conclusión, lo que observamos hoy no es otra cosa que el retorno de un modelo político que creíamos enterrado. El PRI, como actor, puede estar relegado, pero su espíritu persiste: en Morena, en sus métodos de control, en su narrativa y en la manera en que busca consolidarse como partido de Estado. Comprenderlo es clave para analizar el rumbo del país, para no repetir errores del pasado y para exigir un México en el que la democracia no sea solo un discurso, sino una práctica constante.