Odiados por todos, satanizados por algunos pero un mal necesario dentro de nuestro sistema político, los diputados plurinominales tuvieron un origen puro, pero terminaron siendo pervertidos por un sistema de cuotas de las cúpulas partidistas. Sin embargo, en su momento dieron cabida a voces críticas del régimen, ofreciendo un espacio para ideas que antes eran relegadas o directamente reprimidas.
El próximo año se cumplirán 49 años de la reforma electoral de 1977, impulsada por el entonces presidente José López Portillo. Conocida como la Ley Federal de Organizaciones Políticas y Procesos Electorales (LOPPE), fue el primer antecedente de apertura política en México. Aunque limitada durante casi cinco décadas, esta reforma tuvo un papel fundamental en el desarrollo democrático del país, permitiendo que partidos que antes operaban en la clandestinidad pudieran participar formalmente en la vida política nacional.
Tras el documental La caída del PRI pueden retomarse pasajes históricos complejos de nuestra joven democracia. Son episodios que marcaron la vida política y explican por qué muchos personajes que sirvieron al partido hegemónico terminaron migrando a una oposición que, en sus orígenes, era más de izquierda que de centro-derecha, representada por los tecnócratas. Este contexto permite entender la necesidad de los plurinominales, así como su papel en la creación de nuevas corrientes y partidos, legitimando estructuras socialistas, comunistas e incluso maoístas, como el Partido Revolucionario del Proletariado Mexicano (PRPM), que mediante este sistema dejaron la clandestinidad y accedieron a espacios políticos antes inaccesibles. Sin estos mecanismos, muchas de estas voces habrían permanecido invisibles o marginadas durante décadas.
Es importante no olvidar la historia y el papel de cada actor. La apertura de estos espacios consolidó lo que hoy entendemos como nuestro sistema de partidos. La narrativa que sataniza a los plurinominales pretende hacer creer que el problema radica en la ciudadanía y no en los partidos que reparten esos espacios. Suena absurdo pensar que eliminarlos solucionará los problemas del país. Más sensato es mirar quién ocupa esos espacios, quién trabaja y quién solo va por la quincena. También hay que recordar que desde estos mismos espacios surgieron visiones políticas que hoy permiten la existencia de nuevos partidos y corrientes críticas, como la consolidación del PRD o la legitimación de movimientos de izquierda que hoy participan en coaliciones nacionales.
Considero que se necesita una reforma sobre los plurinominales. Soy un ferviente defensor de que se mantengan, pero esta reforma debe responsabilizar a los partidos por postular personajes limitados, con trayectorias cuestionables e intereses creados, y con escaso sentido de servicio ciudadano. Hoy parecen permanecer sin un propósito claro: ¿ser una opción política distinta o seguir subordinados al presidencialismo, donde primero se le hace pleitesía al líder del movimiento o a la presidenta y después a los ciudadanos? Este vacío de responsabilidad explica muchas de las frustraciones actuales de la ciudadanía con el sistema político mexicano.
Hace 48 años ingresaron al sistema como un espacio que permitió que partidos que vivían en la clandestinidad formalizaran y difundieran sus ideas de nación, sus posturas críticas y contribuyeran a la construcción del país. Hoy, ese espíritu parece perdido, no por los ciudadanos, sino por los propios partidos, que presentan boletas que permiten el ascenso de políticos de los que históricamente nos hemos quejado. La población se enfrenta a candidaturas que muchas veces son elegidas por lealtades internas y no por capacidad o compromiso social, mientras se ignoran voces potencialmente transformadoras que podrían aportar ideas frescas y críticas al sistema.
Si algo nos deja la historia de los plurinominales es que son un reflejo de los partidos: un espejo donde se ve tanto la creatividad política como la mediocridad de los acuerdos cupulares. El desafío no es eliminarlos, sino que los partidos comprendan que estos espacios deben ser ocupados por quienes buscan transformar la política y no solo beneficiarse de ella. De lo contrario, perderemos una herramienta que en su origen permitió construir un país más plural y abierto, reemplazando la clandestinidad por la legalidad, y abriendo paso a debates y alternativas políticas que antes parecían imposibles.
Ernesto García Hernández
Opinión