Nueve días han transcurrido desde que se expelió la válvula de (o)presión que opera con violencia sistemática de género dentro de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP), y hay que decirlo, a este gato ya le brotaron muchos pies. Desde el pasado lunes, 20 de octubre, las y los estudiantes de la alma mater organizaron una lucha legítima y resistieron en las Facultades por más de una semana, para exigir un cambio real que dejó muchas bocas abiertas. Pero también volteó a los administrativos de cabeza y evidenció que tenían las manos en la espalda, adormecidas por el tiempo, mientras se preguntaban genuina e ingenuamente, y ahora ¿qué hacemos?
Los pliegos petitorios entregados a Alejandro Zermeño, rector de la universidad, resumieron en cortísimas y “migajeras” respuestas lo que ya a gritos se sabía: que no existen protocolos ni condiciones de seguridad mínimas en un espacio educativo, así como los organismos encargados de su protección se volvieron obsoletos, antaños, solo de guarida para dinosaurios con privilegios y adornos.
Pero claro que iba a escalar mucho más allá. Fuera de sus puertas, rostros políticos se arrancaban a pedazos para salir a cuadro y tergiversar con revanchas políticas un reclamo verídico sobre una violación sexual. De forma sospechosamente conveniente para desahogar los “pedillos” que traen por ahí atorados algunas cabezas de colores partidistas, servidores públicos se inmiscuyeron en el reclamo de los jóvenes -a quienes pretendían utilizar suciamente-, para lanzar una serie de ataques, disfrazados de indignación institucional y eficiencia.
¡Oh triste sorpresa se llevaron! Al no contar con la defensa febril que los universitarios prestarían para escudar a la autonomía y por consecuencia a las autoridades que la encabezan. No por omisión, sino desde una inteligente solidaridad con la casa que les da estudios con libertad. Ahora sí que: ¡con el niño Zermeño, no! Y los estudiantes sabían de sobra que la resolución a sus reclamos no estaba en la renuncia del rector, sino justamente en que se pusiera a chambear.
Mientras la UASLP ultima los ajustes de sus negociaciones para parchar el cacho de semestre que le queda. Yo, preservo con orgullo las largas horas en que aún con diferencias entre ellos, compañeros y compañeras de aula se desprendieron de su individualización para sacudirse la apatía de un entorno hostil. Así también, recrimino a quienes con dolo criticaron la organización en medio de la crisis ¿Cuándo comenzamos a ignorar las injusticias porque el tráfico nos molestaba y sin embargo queríamos los detalles de la tragedia? ¿En qué momento se nos ocurrió que una protesta estudiantil tendría todos los estatutos claros, cuando era trabajo de las autoridades?
Los títulos amarillistas criminalizaron un grito de hartazgo en pleno 2025, mientas uno saca conclusiones: somos hijos del 68, pero aún pretenden controlarnos con mentiras y politiquerías. En aquel momento, leí un comentario acertado, “entiendo que son chavos y uno a penas a esa edad anda viendo qué rollo”, pero hay algo que nos falta al resto, la valentía de tomar las riendas del presente -no para la nota- sino para que en un futuro prevalezca el conocimiento.
Pero esta es solo una opinión más del histórico 20/11 en la UASLP.