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Ernesto García Hernández
Opinión

¿Más partidos políticos o más opciones politicas?

En México, la política se ha convertido en un espectáculo donde la forma prima sobre el fondo, y el desencanto ciudadano es tan profundo que surge la pregunta: ¿realmente necesitamos más partidos políticos? En el marco de la reciente reforma electoral, 12 organizaciones buscan consolidarse como partidos nacionales, pero el camino que enfrentan es cuesta arriba y casi disuasivo. Para lograrlo, deben afiliar al menos 256 mil personas, realizar decenas de asambleas en más de 20 entidades o 200 distritos electorales, con una asistencia mínima que varía de 300 a 3 mil personas. Este proceso, pensado para garantizar representatividad, más bien refleja un sistema que privilegia los recursos y las estructuras previas por encima de la verdadera participación ciudadana.

Desde 1991, 26 partidos políticos han perdido su registro por incapacidad de consolidarse ante el electorado. Entre ellos destacan nombres que aún resuenan en la memoria colectiva: Nueva Alianza, Convergencia (hoy Movimiento Ciudadano), Encuentro Social y el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana, que en 1994 desapareció tras obtener apenas el 0.5% de la votación. Entre todos, estos partidos recibieron miles de millones de pesos del financiamiento público federal, sumando, desde 1991 hasta 2025, más de 72 mil millones de pesos. Un promedio de tres mil 468 millones de pesos al año destinados a organizaciones que, en muchos casos, no lograron cumplir con los objetivos que justificaran su existencia. La pregunta es inevitable: ¿cuánto de ese dinero se tradujo en beneficio ciudadano y cuánto se diluyó en estructuras ineficientes, clientelismo y prácticas de corrupción?.

El desencanto de la sociedad con los partidos no es casualidad. Muchos ciudadanos perciben que estas instituciones funcionan como corporaciones que reproducen las mismas malas prácticas generación tras generación: nepotismo, favoritismos, promoción de intereses particulares y, sobre todo, una falta alarmante de transparencia. Los diputados plurinominales, quienes deberían representar intereses nacionales y ser contrapeso político, se han convertido en uno de los blancos de mayor rechazo social. Pero si los legisladores son criticados, los partidos que los alimentan son, en gran medida, responsables: han instaurado sistemas donde la lealtad interna pesa más que la eficiencia o la cercanía con el ciudadano.

A pesar de esta crisis de legitimidad, surgen nuevas organizaciones con aspiraciones políticas, muchas de ellas basadas en la idea de representar sectores específicos o de introducir nuevas ideas al tablero político. Desde movimientos que buscan hablar de derechos de los jóvenes, equidad de género o movilidad urbana, hasta expresiones más radicales que no encuentran espacio en los partidos tradicionales. En teoría, esto podría fortalecer la democracia: más voces, más opciones, más debate. En la práctica, sin embargo, la creación de nuevos partidos sigue atada a obstáculos legales y económicos que favorecen a quienes ya tienen recursos o influencia política.

El proceso de conformación de un partido es costoso y complejo. No basta con cumplir requisitos legales; hay que movilizar masas, rentar espacios, organizar eventos y, muchas veces, incentivar la asistencia con estrategias que bordean lo clientelar. Una asamblea con tres mil personas no se logra solo con convicción ideológica: implica recursos, logística y, sobre todo, estructura previa. Así, quienes carecen de capital político o económico enfrentan una barrera casi infranqueable, mientras que los partidos tradicionales consolidan su posición a base de financiamiento público y redes ya establecidas.

Además, existe un problema de percepción: los ciudadanos están cada vez menos dispuestos a afiliarse a partidos políticos. La idea de involucrarse en estas estructuras se ve como un desperdicio de tiempo y energía, porque la mayoría percibe que los partidos actuales son demasiado similares entre sí y que no solucionan los problemas inmediatos de la población. Esto genera un círculo vicioso: pocos afiliados significan menos representatividad, lo que a su vez refuerza la percepción de irrelevancia y fomenta más desencanto. Incluso movimientos que logran cierto impulso, como Morena en sus inicios o Movimiento Ciudadano, enfrentan dificultades para sostener su crecimiento si no logran atender las necesidades reales de la ciudadanía más allá de los discursos y las campañas mediáticas.

Entonces, si bien se puede argumentar que más partidos políticos podrían representar una mayor pluralidad ideológica, la realidad es que la pluralidad sin responsabilidad ni eficiencia no genera democracia, genera fragmentación y desperdicio de recursos. México necesita más opciones políticas, sí, pero sobre todo necesita instituciones que funcionen, que sean transparentes y que cumplan con su promesa de representar a los ciudadanos. Sin eso, los nuevos partidos corren el mismo riesgo que los anteriores: recibir millones del erario y desaparecer ante la indiferencia y desconfianza de quienes deberían respaldarlos.

El problema no es el número de partidos; el problema es la calidad de estos. Mientras los partidos sigan siendo corporaciones que buscan perpetuar privilegios, mientras los jóvenes sigan siendo ignorados y mientras el dinero público siga siendo utilizado sin rendición de cuentas, la creación de nuevos partidos se verá más como un espectáculo mediático que como una verdadera renovación democrática. La pluralidad política es una necesidad, pero la confianza ciudadana es el capital más valioso que los partidos no deben perder. Y mientras eso no cambie, cualquier intento de reformar el sistema solo generará más partidos… y más desencanto.