Muchas dudas sin resolver quedaron flotando en el aire luego de que la investigación por el asesinato de Jorge Eduardo Dávila Ramírez diera un giro inesperado al inicio de esta semana, alguien -una mujer- quien lo acompañaba aquella madrugada del 08 de noviembre, supuestamente presentó su declaración sobre el presunto robo que se convirtió en homicidio y reveló que el ataque fue adentro de un vehículo. Hoy cierra la semana, pero en la prensa aún hablamos desde la conjetura porque no tenemos otro panorama más que ese, la extra-oficialidad de las cosas demuestra que un medio digital logró armar primero, su propia línea detallada de los hechos, antes de que la Fiscalía General del Estado (FGE) nos informara de manera puntual lo que sucedió.
Eso es el arte de buscar la verdad más allá de los fríos boletines de prensa, porque a pesar de las declaraciones escuetas que los funcionarios pregonan en el nombre de la discreción de la investigación, el periodismo potosino intenta no olvidar quién era aquel joven de 23 años que estudiaba la especialidad en Cirugía Maxilofacial de la UASLP y por qué le dispararon. Sin embargo, seis días después las indagaciones de la autoridad no reflejan resultados relevantes ni tampoco hay detenidos, de hecho, apenas el mismo lunes la fiscal general confesó que habría complicaciones puesto que los negocios en la colonia Los Filtros no abren en fin de semana y a esas alturas del partido, no tenían un conteo de las cámaras de seguridad
Pocas horas más tarde en ese día, otro evento sembró nuevamente el miedo, en la noche del 11 de noviembre un agente de la Guardia Civil Estatal (GCE) fue acribillado con 15 detonaciones en la calle Taiwán de la colonia Simón Díaz. Su nombre era Fernando Soria Castorena y debía haber cumplido los 35 años, lo nombro así porque la FGE no pudo hacerlo. ¿Cómo podría en esos cuatro párrafos que publicó en su portal web y que no anunciaban ninguna novedad: que se inició una carpeta de investigación sobre los hechos relacionados al “fallecimiento de un hombre”? Un hombre, ni siquiera se confirmó la profesión por la que dio su vida cumpliendo las funciones que le asignó el Estado. No obstante, sí fue gracias a la esquela que publicó la Secretaría de Seguridad Estatal que los reporteros pudimos al fin confirmar lo que vamos juntando de migajas extraoficiales (“en caridad de Dios, ¿no me da una ayudita con una información oficial que le sobre?”).
Mi abuela no mentía, decía que entre las diez y las cuatro era la hora del diablo, al parecer así es, pero lo que más me preocupa no es que ande suelto. Si no que entre las consecuencias de la normalización de la violencia ya le conocemos la cara y convertimos al demonio en estadísticas: fortuitas, con reducciones históricas del crimen, incluso nos lo han vendido como logros. Sí, en San Luis Potosí los homicidios dolosos con arma de fuego demostraron una tendencia a la baja este 2025, del 57.2 por ciento para ser exactos, a comparación del 2024. Pero no hay que distraernos, se trata de 113 personas que, hasta este octubre, igual perdieron la vida. En esos números no entra Jorge Eduardo ni tampoco Fernando Soria hasta que el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP) les pase lista.
En las cifras no cabemos todos, faltamos los que nos fusilaron la inocente ignorancia de nunca imaginar, que en un perímetro tan cercano a un campus universitario -sea o no horario escolar-, a alguien le dispararon en su propio coche. Faltamos también los que enterramos un poco de la esperanza que nos queda de este sistema de justicia y seguridad, que sin importar el uniforme o en dónde trabajes tú o tu mamá, te pueden disparar en la calle sin más. Un órgano que no ha podido dictar sentencia a uno de los violadores de una alumna en la Facultad de Derecho de la UASLP, porque este se amparó. Una estructura a la que no le interesa si aún dos meses después de que otra estudiante fue arrollada y gravemente lesionada, el ayuntamiento no ha implementado mejoras reales en la infraestructura vial de la Glorieta Morales. No, definitivamente, no existe estadística que resuma tales derrotas, porque le podemos conocer mil y un mañas al chamuco al fin que ese siempre fue coludo; pero víctimas estamos cansados de conocer una y otras nuevas, las convierten, las enlistan, las numeran y mientras los demás luchamos por no desaparecer entre esos porcentajes, no nos olvidaremos de nombrarlos a todos ellos.