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Gustavo Candia
Opinión

Nuevas generaciones con ideologías engreídas, ignorantes y güevonas

Y pensar que los Boomers, que habían crecido bajo la sombra de los refugios antinucleares y la amenaza de la aniquilación mutua asegurada, vieron de pronto cómo caía el Muro de Berlín y se desmoronaba la Unión Soviética. Por primera vez en décadas, el espectro de una guerra termonuclear se alejaba. La humanidad parecía haber ganado la partida: el comunismo se rendía, el capitalismo liberal-democrático se alzaba victorioso y la tecnología prometía un futuro sin límites, el ADN acababa de ser cartografiado, internet nacía, las enfermedades retrocedían, la pobreza global empezaba a caer como nunca antes en la historia. Sin embargo que equivocados estaban…

Cuanto más fácil se le hizo la vida al ser humano, más frágil y caprichoso se volvió. En vez de usar esa libertad recién conquistada para explorar lo más alto del espíritu, millones decidieron instalarse en lo más bajo del resentimiento. La abundancia no engendró gratitud, sino pereza moral; la seguridad no produjo grandeza, sino aburrimiento existencial. Y del aburrimiento nació la nueva religión: el victimismo como identidad, el Estado como redentor y el relativismo como dogma.

Y ahí está Nueva York, el símbolo máximo de esa promesa de los 90, hundiéndose hoy en el ridículo más triste. Esa ciudad que en 2001 vio cómo dos aviones pilotados por yihadistas asesinaban a casi tres mil de sus hijos en nombre del islam político; esa ciudad que juró “Never Forget” con lágrimas en los ojos y puño alzado; esa misma ciudad acaba de elegir, con mayoría aplastante de votantes menores de 35 años, a su primer alcalde abiertamente musulmán, devoto practicante, aliado entusiasta de las causas progresistas más radicales y defensor de políticas que hace apenas veinte años se consideraban propias de regímenes autoritarios de izquierda. No es un terrorista con turbante; es un hombre educado, carismático y perfectamente integrado al relato woke. Precisamente por eso es más peligroso, porque no llega con bombas, llega con sonrisas, con promesas de “justicia social”, de alquileres congelados, de “equidad” racial obligatoria, de más poder para el Estado y menos para el individuo. Llega con el apoyo masivo de una generación que nunca vivió la Guerra Fría, que nunca sintió el miedo real de perderlo todo, que cree que la libertad es algo que siempre estuvo ahí y que nunca puede perderse.

Y mientras tanto, en Ground Zero, donde aún quedan restos humanos sin identificar, se alzará pronto el despacho del primer alcalde musulmán de la historia de Nueva York, elegido por quienes consideran “islamofobia” cualquier recuerdo incómodo del 11-S.

No es traición deliberada, es algo peor, es ignorancia voluntaria, es la generación mejor educada, más conectada y más rica de la historia demostrando que puede ser, al mismo tiempo, la más ignorante y la más arrogante. Los 90 soñaron con llegar a las estrellas. Treinta años después, sus nietos entregan las llaves de la civilización a quienes, en el fondo, nunca dejaron de odiarla… y lo hacen convencidos de que están siendo “tolerantes” y “progres”.

Y cuando un pueblo olvida por qué lloró, está condenado a volver a llorar. Solo que esta vez, probablemente, ya no tendrá fuerzas ni motivos para levantarse

Esta ignorancia no es inocente; es un arma de los políticos que llevan décadas manipulando a la generación Z como marionetas. Les venden “justicia social” mientras esconden la factura: impuestos que financian programas de integración sin filtros, subsidios a comunidades que rechazan la asimilación de la cultura a la cual están llegando, cargas fiscales que recaen en los hombros de quienes aún no han pagado hipoteca. Les prometen “progreso” mientras destruyen los pilares del cristianismo que sostuvieron la identidad americana durante siglos: la familia nuclear, la ética del trabajo, la libertad de expresión sin censura ideológica. Lo tildan de “opresión patriarcal” mientras abrazan ideologías armadas por ellos mismos, dándole la espalda a toda la cultura que los vio nacer. La cultura que nos legó a Dante, Bach, Rembrandt, Newton, Pascal y a los hospitales, universidades y orfanatos fundados por órdenes religiosas se disuelve hoy en un relativismo que todas las historias, visiones del mundo y creencias son igualmente válidas y respetables… excepto la cristiana, que es la única etiquetada de intolerante y peligrosa precisamente porque se atreve a proclamar que existe una Verdad objetiva, que esa Verdad tiene nombre, Jesucristo, y que solo ella libera de verdad al ser humano.

La estupidez de esta generación no es solo cultural; es económica, votan por candidatos que suben el salario mínimo sin entender que la inflación devora el aumento. Apoyan políticas verdes que encarecen la energía y destruyen empleos en la industria. Exigen “vivienda accesible” mientras bloquean construcciones nuevas con regulaciones ambientales. ¿Saben que están firmando su propia ruina? ¿Entienden que la economía que heredarán será un cascarón endeudado, sostenido por promesas vacías?, ¿Son realmente conscientes los jóvenes del monstruo que están alimentando? ¿O tan solo hacen eco de frases hechas que les sirven en bandeja los mismos depredadores políticos de siempre, esos que después se jubilarán en sus villas con piscina mientras la Generación Z hereda la ruina: contratos basura, antidepresivos de por vida y una patria que ya no reconocen ni como recuerdo?

La ironía no es que Nueva York haya elegido a un alcalde musulmán, sino que lo haga la misma ciudad que el 11 de septiembre de 2001 vio arder sus dos grandes pilares como símbolo de supremacía y lloró a casi tres mil de sus hijos… y que apenas 24 años después entregue sus llaves sin siquiera recordar por qué lloraba aquel día. No es una derrota con estruendo de tambores ni con invasión de ejércitos: es una rendición silenciosa, firmada con un voto, sellada con un like y celebrada con fuegos artificiales de virtud progresista. Y si esto ocurre en la nación más poderosa de la historia, en el país que prácticamente erradicó la pobreza extrema dentro de sus fronteras, que inventó la clase media global y que aún conserva (por los pelos) la libertad de portar armas y de hablar sin permiso…¿Qué nos espera a nosotros, que ni siquiera tenemos esa fortaleza económica ni esa memoria de fronteras abiertas y de relativismo cultural que ya fracasaron estrepitosamente hace más de dos décadas en Europa y que ahora nos venden envueltas en papel de regalo como la gran solución?...Nos merecemos lo que viene, no por malvados, sino por tibios, por preferir la comodidad del silencio a la incomodidad de la verdad, por tenerle más miedo al conflicto que al abismo, por creer que basta con ser “buena gente” mientras entregamos, uno a uno, los pilares que sostuvieron nuestra civilización durante siglos, el futuro no nos castigará por odio, nos castigará por cobardía.