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Ernesto García Hernández
Opinión

Chile el reflejo de lo que pudiera ser el voto obligatorio en México.

Votar es la única manera de hacer un cambio en una democracia. Decia Christine Todd Whitman una política y escritora estadounidense, conocida por haber sido la 50ª Gobernadora de Nueva Jersey y Administradora de la Agencia de Protección Ambiental (EPA) con George W. Bush y es que la democracia se sostiene, en buena medida, sobre un acto aparentemente sencillo pero profundamente simbólico: acudir a las urnas. 

Votar no solo es marcar una boleta; es validar un sistema, reconocer reglas del juego y asumir que la voluntad colectiva se impone con este simple hecho, sino que aun y con todas sus imperfecciones, es el camino más legítimo para la toma de decisiones. Sin embargo, en el mundo moderno, la participación electoral se ha convertido en una moneda en devaluación. La apatía, el desencanto político, la desconfianza institucional y la falta de educación cívica han vaciado de contenido un proceso que debería ser el corazón mismo de la vida democrática. En este contexto, la experiencia de Chile con el voto obligatorio nos da pauta un debate que México ha tenido en la cabeza y que en el pasado mes de abril ya se presento una iniciativa de voto obligatorio que habrá que plantearse.

El caso Chileno nos puede anticipar un poco lo que seria este planteamiento en México y es que con la primera elección presidencial realizada con inscripción automática y voto obligatorio alcanzó una participación nacional del 85.87%. El contraste es contundente cuando se observa que los chilenos en el extranjero donde el voto seguía siendo voluntario apenas alcanzaron un 39.93%. Una cifra muy cercana a los números de elecciones pasadas. En algunas regiones la participación superó incluso el 90%, como en Palmilla (91.17%), Sagrada Familia (90.18%) y Placilla (90%). Estos números demuestran que, cuando existe una obligación legal respaldada por sanciones, la participación aumenta de forma casi inmediata y significativa.

Incluso dentro de la Región Metropolitana se observó un fenómeno interesante: las comunas rurales o semirrurales registraron mayor participación que las zonas tradicionalmente más politizadas o céntricas. Padre Hurtado, Isla de Maipo y El Monte rozaron el 90% de participación, mientras que Santiago, la capital, apenas superó el 63%. Este detalle es clave, porque rompe con la idea de que la participación es directamente proporcional al nivel educativo o al acceso a información. Más bien, sugiere que cuando el voto no es obligatorio, existe un fuerte componente de autoselección: votan quienes están convencidos, quienes ya participan, quienes se sienten interpelados. El resto, simplemente se queda en casa.

Ahora bien, ¿es necesaria una democracia con alta participación “forzada”? Chile demuestra que la obligatoriedad aumenta la afluencia, pero también abre interrogantes sobre la calidad de ese voto. Una de las principales críticas al voto obligatorio es que puede generar sufragios desinformados, aleatorios o incluso en blanco, emitidos únicamente para evitar sanciones. El propio debate chileno ha señalado que, si bien hay más votos, no necesariamente hay más conciencia política. En otras palabras, se gana en cantidad, pero no siempre en profundidad democrática.

Desde esta narrativa el sistema chileno también ofrece ventajas que merecen ser observadas desde México. La inscripción automática en el padrón electoral, basada en información del Registro Civil, de Extranjería y de otras dependencias del Estado, elimina una de las barreras más importantes para la participación: el trámite. El ciudadano ya no tiene que “inscribirse”, simplemente existe para el sistema. Sabe dónde le toca votar, puede consultar su información, recibe notificaciones, y su derecho y deber queda institucionalmente protegido, aunque en México aun ni siquiera podemos tener una cédula de identificación nacional ni sistemas nacionales de registro civil empatados, Aunque debemos recordar que este modelo contrasta con la desinformación recurrente que, cada proceso electoral, se repite en México sobre cambios de domicilio, casillas, conflictos en el padrón o personas que no aparecen en la lista nominal.

En nuestro país, la Constitución ya establece, en el artículo 36, fracción III, que votar es una obligación. Lo que no establece con claridad son las consecuencias reales del incumplimiento. La reciente iniciativa del diputado Luis Enrique Miranda Barrera, del PVEM, propone añadir un párrafo para sancionar a quien no acuda a las urnas sin justificación, incluso con la cancelación temporal de la credencial del INE como medio de identificación oficial. En términos jurídicos, la propuesta busca transformar una obligación moral en una obligación jurídicamente exigible.

Los argumentos a favor son evidentes. En las últimas elecciones federales, la participación en México fue cercana al 61% de la lista nominal. Es una cifra aceptable, pero lejos del ideal de una democracia plenamente representativa. En contraste, países como Australia, Bélgica, Brasil y Argentina todos con sistemas de voto obligatorio registran participaciones de entre 75% y más del 90%. La consecuencia inmediata es mayor legitimidad para los gobiernos, mayor presión sobre los representantes electos y menor riesgo de que minorías altamente organizadas decidan por mayorías silenciosas.

Además, el voto obligatorio podría tener un impacto pedagógico. Obligar a votar es también obligar a mirar la realidad política, a informarse mínimamente, a saber quién gobierna y quién aspira a hacerlo. En un país donde la cultura cívica sigue siendo frágil, la obligación podría convertirse, al paso del tiempo, en una costumbre democrática más sólida.

Pero no todo es positivo. La principal crítica es filosófica: la democracia se funda en la libertad, y obligar a alguien a ejercer un derecho puede interpretarse como una contradicción. ¿Qué valor tiene un voto emitido bajo amenaza de una sanción? ¿Puede llamarse realmente participación ciudadana cuando la motivación principal es evitar una multa o perder un documento oficial? También existe el riesgo de que la obligatoriedad aumente la vulnerabilidad de ciertos sectores ante la compra y coacción del voto, sobre todo en regiones donde la pobreza y la presencia del crimen organizado siguen siendo una realidad cotidiana.

Incluso en la propuesta mexicana se reconocen dos caminos: sancionar solamente la inasistencia, respetando la libertad de no emitir un voto efectivo, o sancionar también la falta de voto, lo que implicaría una intromisión mayor en la autonomía individual. La primera opción parece más compatible con el espíritu democrático, pero aun así abre un debate legítimo sobre los límites del Estado frente a la conciencia ciudadana.

El caso chileno deja una lección clara para México: el voto obligatorio sí funciona en términos de participación, pero no es una varita mágica contra la desconfianza, la corrupción ni el desencanto. Sin instituciones sólidas, sin transparencia, sin rendición de cuentas y sin educación cívica de fondo, la obligación de votar puede convertirse en un simple trámite, despojado de sentido político real.

Tal vez, más que preguntarnos si debemos obligar a votar, la pregunta de fondo sea otra: ¿qué estamos haciendo para que la gente quiera votar? Porque una democracia auténticamente viva no se sostiene por el miedo a una sanción, sino por la convicción de que la participación vale la pena.