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Gustavo Candia
Opinión

¡Feminazis en Toga: México Entrega los Derechos Masculinos en Charola de Plata!

Señores, la realidad es un trago amargo que no se endulza con discursos progresistas: México ha franqueado un umbral irreversible en el terreno legislativo y jurídico, donde el feminismo radical, aliado con políticas de Estado, ha sistematizado la vulneración de los derechos de los hombres. LA SUPREMA CORTE DE JUSTICIA DE LA NACIÓN (SCJN), CONVERTIDA EN UN BASTIÓN DE LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO, HA AVALADO CRITERIOS QUE EROSIONAN LA IGUALDAD ANTE LA LEY, CONSAGRADA EN EL ARTÍCULO 4° DE NUESTRA CONSTITUCIÓN. Esta deriva no es un mero ajuste correctivo a desigualdades históricas; ES UNA DECLARACIÓN DE GUERRA SUTIL CONTRA LA MASCULINIDAD, con consecuencias que reverberarán en generaciones futuras, sembrando un conflicto social de dimensiones imprevisibles.

Para entender la magnitud del problema, basta examinar el marco legal actual. La Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, promulgada en 2007 y endurecida en reformas posteriores, ha sido interpretada por la SCJN con una "perspectiva de género" que prioriza la presunción de veracidad de las denunciantes femeninas. En fallos como el Amparo en Revisión 557/2019, la Corte ha ampliado el concepto de violencia para incluir actos subjetivos como "celos excesivos" o "control emocional", sin exigir pruebas objetivas. Esto invierte la carga de la prueba: el hombre debe demostrar su inocencia, mientras la acusación basta para activar medidas cautelares drásticas, como órdenes de alejamiento, suspensiones de patria potestad o embargos preventivos. En 2023, el Consejo de la Judicatura Federal reportó un incremento del 40% en denuncias por violencia de género, muchas de las cuales culminan en resoluciones exprés que dejan a los varones en la indefensión absoluta.

Un instrumento paradigmático de esta ligereza es el violentómetro feminista, promovido por el Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres) y adoptado en protocolos judiciales y educativos. Esta escala gráfica clasifica 27 conductas en tres niveles de alerta, amarillo, naranja y rojo, convirtiendo interacciones cotidianas en delitos potenciales. Por ejemplo, "hacer bromas hirientes" se etiqueta como violencia psicológica incipiente; "revisar el celular" como control abusivo; y "impedir ver a la familia" como aislamiento grave. En la práctica, este violentómetro no es solo una herramienta pedagógica: ha permeado sentencias de la SCJN, como en el caso de la Tesis Jurisprudencial 1a./J. 22/2021, donde se cita para justificar intervenciones estatales sin contexto ni evidencia. EL RESULTADO ES UNA CRIMINALIZACIÓN DE LA MASCULINIDAD TRADICIONAL, DONDE EL HOMBRE ES VISTO COMO AGRESOR POR DEFECTO. Esta subjetividad mezquina no solo daña la presunción de inocencia, sino que fomenta denuncias instrumentales en disputas familiares, como divorcios o custodias, donde el 70% de los casos resueltos en 2024 favorecieron a las madres, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi).

Las repercusiones trascienden el ámbito individual. Al legislar con esta ligereza, estamos forjando un futuro distópico. Los niños de hoy, expuestos a un sistema educativo que integra el violentómetro en currículos escolares, como en el programa "Educar para la Igualdad" del Secretaría de Educación Pública, internalizan desde temprana edad que ser hombre implica una carga de culpa inherente. EN 10 O 15 AÑOS, ESTOS JÓVENES ADULTOS, MARCADOS POR LA HUMILLACIÓN DE SUS PADRES O POR EXPERIENCIAS PERSONALES DE INJUSTICIA, NO SE LIMITARÁN A LA PASIVIDAD. Podremos presenciar el surgimiento de movimientos contrarrevolucionarios: organizaciones como un hipotético "Frente Masculino por la Equidad" que boicoteen instituciones de género, campañas en redes sociales con hashtags como #FinALaPresunciónDeCulpabilidad, o incluso protestas callejeras que eclipsen las marchas del 8M. Este resentimiento colectivo podría derivar en una polarización extrema, con tasas de matrimonio en declive, ya en caída del 15% según el Inegi en 2024, familias desintegradas y un incremento en la alienación social. El problema alcanzará alcances insospechados: una sociedad donde la desconfianza entre géneros paralice el progreso, y donde la violencia real, irónicamente, se exacerbe por la represión acumulada.

REFLEXIONEMOS CON CRUDEZA: LAS MISMAS MUJERES QUE HOY APLAUDEN ESTAS MEDIDAS TENDRÁN QUE PAGAR LOS PLATOS ROTOS. PORQUE, DIGAN LO QUE DIGAN LAS IDEÓLOGAS, LA BIOLOGÍA Y LA SOCIEDAD NO SE BORRAN CON DECRETOS. MUCHAS DE ELLAS SERÁN MADRES DE HIJOS VARONES, Y VERÁN CÓMO ESTA DESIGUALDAD JURÍDICA SE VUELVE UN BUMERÁN. En el día de mañana, cuando sus niños crezcan en un entorno que los estigmatiza como tóxicos por nacer hombres, sufrirán el desgarro de verlos marginados, frustrados o rebeldes contra un sistema que ellas ayudaron a construir. ¿Qué madre querrá consolar a un hijo despojado de su hogar por una acusación infundada? ¿O presenciar cómo su descendiente opta por el aislamiento emocional para evitar riesgos legales? Esta asimetría no empodera; divide. Las mujeres, como pilares de las familias, cargarán con el peso de una sociedad fracturada, donde la verdadera igualdad se sacrifica en el altar del revanchismo. Al final, el feminismo punitivo no libera: encadena a todos, y las primeras en sentir las cadenas serán aquellas que creyeron en su promesa ilusoria.