En los últimos años los IZQUIERDISTAS O PROGRESISTAS occidentales, han creado algo paradójico: mientras invocan constantemente el humanismo y los derechos humanos, se tiende a borrar o minimizar la fuente histórica de ambos conceptos: la tradición judeocristiana de Occidente.
El humanismo auténtico, el que coloca a la persona humana en el centro y la dota de una dignidad inalienable, NO NACIÓ EN LA GRECIA clásica (donde la esclavitud y la desigualdad eran normales), NI EN LAS CULTURAS PRECOLOMBINAS (donde el sacrificio humano era práctica extendida en varios imperios), NI EN LAS FILOSOFÍAS ORIENTALES CLÁSICAS (que suelen diluir la persona en el cosmos o en el Estado). NACIÓ CON LA AFIRMACIÓN BÍBLICA DE QUE TODO SER HUMANO, HOMBRE O MUJER, LIBRE O ESCLAVO, ES CREADO A IMAGEN Y SEMEJANZA DE DIOS. Esa idea revolucionaria es la semilla de la que brotaron, siglos después, la abolición de la esclavitud, los derechos humanos y el Estado de derecho tal como hoy los conocemos.
Fue en el seno de la civilización cristiana donde surgieron las primeras universidades europeas (Bolonia 1088, Salamanca 1218, París, Oxford, Cambridge…), instituciones dedicadas al cultivo de la razón como reflejo de un Dios racional. Fue también en ese contexto donde la Escuela de Salamanca (siglos XVI), con Francisco de Vitoria, Domingo de Soto y Francisco Suárez, se desarrolló por primera vez en la historia la teoría moderna de los derechos subjetivos y del derecho internacional, aplicándolos incluso a los indígenas americanos.
Un hito concreto: la reina Isabel la Católica, movida por razones de fe y justicia, dictó en 1500 la primera prohibición moderna de la esclavitud de un pueblo entero: los indígenas americanos fueron declarados vasallos libres de la Corona y no podían ser esclavizados. Las Leyes de Burgos (1512) y las Nuevas Leyes (1542) continuaron esa línea. Aunque esa prohibición no se extendió de inmediato a los africanos, error histórico que tardaría siglos en corregirse, constituye uno de los primeros actos jurídicos de la historia que reconoce la igual dignidad de pueblos no europeos.
El propio concepto de Estado de derecho tiene raíces cristianas profundas, pues la idea medieval de que el rey está bajo la ley de Dios y la ley natural limitó el absolutismo y preparó el constitucionalismo.
La Carta Magna inglesa (1215) y el juramento de los reyes aragoneses, son ejemplos tempranos de limitación del poder. La distinción medieval entre poder espiritual y poder temporal fue un antecedente de la separación de poderes que Montesquieu sistematizaría siglos después.
La ciencia moderna tampoco nació por casualidad en Europa cristiana: la convicción de que el universo es obra de un Legislador racional llevó a Copérnico, Kepler, Newton, Mendel y tantos otros a buscar las leyes matemáticas que rigen la creación.
Hoy, cuando se habla de derechos humanos, dignidad de la persona, igualdad ante la ley, libertad de conciencia, abolición de la esclavitud o Estado de derecho, se está hablando, AUNQUE MUCHOS NO LO SEPAN O NO LO QUIERAN RECONOCER, de frutos madurados durante siglos en el árbol de la tradición cristiana occidental.
Defender esa herencia no es intolerancia, ni nostalgia retrógrada, es simplemente reconocer la verdad histórica: el humanismo sin sus raíces cristianas se queda sin savia y termina convirtiéndose en una palabra hueca que cualquiera puede llenar con cualquier contenido. Occidente sólo podrá seguir siendo fiel a sus mejores valores si recuerda de dónde vienen.
Pues ya hemos visto los resultados devastadores de querer quitar la Fe cristiana en las civilizaciones occidentales, sociedades cada vez más frágiles, sin gobierno, vacías y sin valores, manipulables ante movimientos de moda que solo detonan lo poco que queda de nuestra civilización.