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Gustavo Candia
Opinión

Porque México y España somos uno solo, pese a quien le pese...

En estos tiempos de revisionismo histérico y “descolonización” de escritorio, hay que decirlo sin miedo: México no sería nada, absolutamente nada, de lo que hoy es sin el Reino de Castilla y sin Tlaxcala. Nuestra lengua, la segunda más hablada del mundo; nuestras catedrales, palacios virreinales y haciendas que dejan mudos a los europeos; nuestra cocina que va del mole al chocolate con churros, del pozole al escabeche yucateco; nuestras universidades (la primera de América fundada en 1551), nuestras leyes, nuestras plazas de toros, nuestras fiestas de pueblo con cohetes, castillos y banda… todo eso llegó desde Castilla, se fundió con la grandeza indígena y dio lugar a la civilización mexicana, UNA DE LAS MÁS RICAS Y ORIGINALES DEL PLANETA.

Decirlo hoy parece casi subversivo porque nos han repetido la fábula de los “conquistadores malvados” y los “indígenas angelicales”, esa caricatura es falsa y mezquina. El imperio mexica era guerrero, expansivo y sacrificaba humanos a escala industrial. Llegaron los castellanos con sus cruces y arcabuces, sí, pero también con la rueda, el hierro, el caballo, la imprenta y la idea revolucionaria de que todo ser humano, indígena, negro o mestizo, tenía alma inmortal y dignidad ante Dios.

Y ocurrió lo inevitable y lo maravilloso: NACIÓ ALGO NUEVO Y SUPERIOR, EL MESTIZAJE, no una violación cultural, sino la mayor fusión creativa de la historia moderna. La bandera mexicana lleva los colores de las milicias castellanas; el Día de Muertos mezcla calaveras de azúcar con ofrendas prehispánicas; el jarabe tapatío y el son jarocho suenan con guitarras de Castilla sobre ritmos indígenas y africanos; el tequila se destila con alambiques andaluces y el pulque es herencia tlaxcalteca y mexica. Esa es nuestra identidad: NO SOMOS VÍCTIMAS DE CASTILLA, SOMOS SUS HIJOS PRÓDIGOS Y TRIUNFANTES.

España y México son, en realidad, hermanos gemelos nacidos del mismo parto: hijos del Reino de Castilla y de la Señoría de Tlaxcala. España es la hija que se quedó en la península y siguió llevando la corona; México es la hija que cruzó el océano y se hizo gigante. Ambas llevan la misma sangre, hablan la misma lengua, rezan con el mismo acento y comen con los mismos sabores. PEDIRLE DISCULPAS A ESPAÑA ES COMO PEDIRLE DISCULPAS A TU PROPIO HERMANO MAYOR: UN GESTO ABSURDO QUE SOLO REVELA COMPLEJO DE INFERIORIDAD.

Entre 1492 y 1821 no hubo saqueo: hubo transferencia de sangre, lengua y fe. Castilla nos dio todo y recibió a cambio plata que financió su Siglo de Oro y maíz que salvó a Europa de hambrunas. Fue un intercambio duro, pero fecundo. Como todo gran nacimiento.

MÉXICO HOY ES EL PAÍS HISPANOHABLANTE MÁS GRANDE DEL MUNDO, LA ECONOMÍA NÚMERO 12 GLOBAL, EL HOGAR DE 130 MILLONES DE PERSONAS QUE LLEVAN EN SUS VENAS LA MEZCLA DE HERNÁN CORTÉS Y LA MALINCHE, DE CASTILLA Y DE TLAXCALA. CUANDO DEJEMOS DE AZOTARNOS POR SER LO QUE SOMOS Y EMPECEMOS A SENTIR ORGULLO DE SER HEREDEROS DE ESAS DOS GRANDES MADRES, ENTONCES VENDRÁ LA VERDADERA GRANDEZA.

Porque el futuro no lo construiremos renegando de la Hispanidad, sino abrazándola con inteligencia y cariño. Será en español con acento mexicano, comiendo tacos al pastor y bebiendo pulque o tequila, bailando jarabe en la plaza mientras suenan las campanas de la catedral. Será levantando nuevas fábricas y nuevos rascacielos con la misma piedra y la misma pasión.

QUE VIVA MÉXICO, QUE VIVA ESPAÑA, QUE VIVA LA HISPANIDAD… MADRE COMÚN DE NUESTRA GRANDEZA PASADA Y GARANTÍA DE LA QUE AÚN ESTÁ POR VENIR.

Y NUNCA OLVIDEMOS AGRADECER A CASTILLA, POR DARNOS SU LENGUA, SU FE Y SU SANGRE;  Y A TLAXCALA, VALIENTE Y DECISIVA, SIN CUYA ALIANZA ESTE MILAGRO NO HABRÍA EXISTIDO.

GRACIAS, CASTILLA.  GRACIAS, TLAXCALA.  

JUNTOS NOS PARIERON A ESPAÑA Y A MÉXICO, DOS HIJOS DE LA MISMA MADRE, DESTINADOS A CAMINAR SIEMPRE DE LA MANO.