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Kenia Hernández
Inquietudes Contemporáneas

El cansancio estructural también pasa de año

Hacia las 12:00 de la noche suenan campanas, es 01 de enero, se reinició el calendario, se borraron los pecados y el impulso por iniciar de cero nos empuja a todos. Los rituales manifestaron salud, amor, dinero, prosperidad, aunque muy poco -y hablo por mí misma- de política. Empezamos el 2026 creyendo que todo se renueva, menos el sistema.

Hoy, dos semanas después, el cambio radical ya no parece tan efervescente: todo está más caro, se complicó el panorama de enfermedades respiratorias, Venezuela despidió a la dictadura de Maduro pero Latinoamérica camina sobre la delicada cuerda del intervencionismo y todas las historias que alguna vez nos dieron vergüenza en la política local, siguen con nosotros. Los problemas también pasan de año y lo que vivimos no es una broma aislada, es una pedagogía del cinismo.

Aun así, el deseo de reinventarse persiste -desde el autorreclamo-, ¿debería iniciar mi vision board? Ni siquiera hice una lista de propósitos. "Quisiera disfrutar más de mi ciudad, de su oferta cultural y gastronómica, viajar, acumular experiencias para mi vejez, pero también ahorrar y asegurar mi futuro": cariño, no te daría el sueldo para mantener ese estilo de vida.

Y mientras intento cuadrar sueños con salario, la ciudad también decide una vez más, cobrar más caro por el desgaste. Y es que, a pesar de lo que diga el gremio del transporte público, un aumentito desestabiliza. El tarifazo en San Luis Potosí es una burla a escalas que ni Guadalajara se atrevió a aspirar, la propuesta la semana pasada fue de $15.00 pesos mexicanos por viaje porque simplemente ya no les "alcanza" para mantener las unidades. Así es, hablamos de las mismas unidades cuyas rutas tardan más de una hora en pasar, pero cuyo incremento desajusta la vida semanal.

¿Con esos precios quién quiere (o puede) explorar la ciudad?, pero aún antes de eso, ¿tenemos el tiempo?, ¿facilidades sociales?, ¿espacios para convivir y no solo consumir? En un mundo asfixiante de materialismo, el aumento salarial, las prestaciones de ley y la reducción de la jornada laboral -que viene como en peregrinación: de rodillas- parecen profecías de la tierra prometida, no hechos.

El consumismo nos toma con sus garras y nos sumerge bajo una pila de necesidades imaginarias que luego se transforman en culpas de desperdicio. "Debería comprarme un perfume, una crema, nuevos tenis y conjuntos para hacer ejercicio, así empezaré motivada", spoiler: no compré nada. Pero igual me sentí culpable.

Así, cuando la estabilidad se vuelve un lujo, la política termina convertida en broma, especialmente para quienes siguen controlando los hilos: 2026 es un año más en que la política y sus figuras pierden credibilidad pública por sus errores del pasado.

Y no es que sea un tema distinto, es el mismo cansancio con otro disfraz. Tan solo observemos el delicioso revanchismo apersonado que como población nos orilla a tomar decisiones precipitadas: hay que votar por "x" para darle en la torre a "y". Porque la venganza se sirve fría pero también se sirve de otras artimañas que me temo, son bastante fomentadas según la línea de cada medio de comunicación.

Entre campañas negras, redacciones amarillistas, memes misóginos y hasta una Ley para regular el uso de la IA; ¡Por favor! ¿Alguien quiere pensar en los estragos que deja esa carga de información manoseada en la población? Todos se preocupan por el daño que una mala nota podría dejar en la imagen de un funcionario, porque ahí es cuando el ciudadano pasa a un segundo plano y aún así, ya nadie cree en ellos.

En la santa tierra de esta ciudad perrito -una de las entidades más conservadoras y grilleras de México-, su víctima es el prestigio y todos quedamos con cara de payasos. Por eso, en plena cachada de movidas chuecas, una diputada puede pasar a la historia como un meme o un intento pobre de comediante, y no como una corrupta.

Para variar eso aliviana un poco mi espíritu como ciudadana cansada, cuando el trauma se resignifica con sátira al menos tengo algo de que reírme, de las instituciones. Es por eso que sostengo: la fuerza política hace a la comedia en la capital de la risa política, mi San Wicho.

No es un tema distinto, es el mismo cansancio con otro disfraz. El año nuevo no renueva nada: ni la precariedad, ni el desgaste emocional, ni el cinismo político. Al contrario, los exhibe. Todo para el manifiesto de una mente cansada que intenta empezar de cero en un sistema que no cambia.