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Ernesto García Hernández
Opinión

La inteligencia artificial no vota, pero sí influye

Las elecciones ya no se juegan únicamente en las urnas. Hoy se disputan, cada vez con mayor intensidad, en los entornos digitales donde la información circula a una velocidad y escala inéditas. En ese nuevo campo de batalla, la inteligencia artificial (IA) se ha convertido en una herramienta de doble filo: puede fortalecer la democracia, pero también erosionarla desde sus cimientos si no se regula, comprende y vigila con seriedad.

El informe IA Generativa y su Influencia en las Elecciones de México 2024, elaborado por la Fundación Friedrich Naumann para la Libertad y el Eon Institute, ofrece un diagnóstico claro y, al mismo tiempo, inquietante. Durante el proceso electoral en el que Claudia Sheinbaum se convirtió en la primera mujer presidenta de México, la IA no fue un factor determinante para el resultado final, pero sí dejó señales inequívocas de su potencial disruptivo. Deepfakes, audios manipulados, bots en redes sociales y esquemas de fraude financiero asistidos por tecnología demostraron que la amenaza no es hipotética, sino real y en expansión.

El primer gran riesgo es la desinformación amplificada. La mentira política siempre ha existido, pero la IA generativa multiplica su alcance y sofisticación. Hoy es posible fabricar en minutos videos, audios o imágenes verosímiles que colocan palabras falsas en boca de candidatas y candidatos, erosionando la confianza pública antes de que los mecanismos tradicionales de verificación puedan reaccionar. En un entorno polarizado, donde los contenidos emocionalmente cargados se comparten sin reflexión, este tipo de manipulación puede incidir en percepciones, agendas y climas de opinión, aunque no siempre modifique directamente el sentido del voto.

Un segundo riesgo, menos visible pero igual de grave, es la violencia política de género. El informe documenta cómo las herramientas de IA se utilizaron para atacar de manera diferenciada a mujeres en la contienda, mediante montajes sexuales, audios falsos o campañas de desprestigio automatizadas. Este fenómeno no solo vulnera derechos individuales, sino que también envía un mensaje disuasivo a la participación política femenina, reproduciendo desigualdades estructurales bajo una nueva fachada tecnológica.

A ello se suma la fragilidad institucional. Aunque México ha avanzado en debates regulatorios sobre la IA, las autoridades electorales carecen todavía de mecanismos robustos para prevenir, detectar y sancionar el uso malicioso de estas tecnologías en campañas y procesos electorales. La ausencia de protocolos claros, capacidades técnicas especializadas y cooperación sistemática con plataformas digitales y sociedad civil deja amplios espacios de impunidad. La democracia, en este escenario, queda expuesta a actores externos que innovan más rápido que las reglas.

Sin embargo, reducir la discusión a los riesgos sería un error estratégico. La experiencia internacional, particularmente en África, muestra que la IA también puede ser una aliada de la integridad electoral. Desde sistemas biométricos de acreditación de votantes en Nigeria hasta chatbots multilingües de educación cívica en Kenia, la tecnología ha contribuido a mejorar la eficiencia administrativa, ampliar el acceso a la información y fortalecer la inclusión de comunidades históricamente marginadas.

La clave está en el contexto y en el diseño. Como advierten organismos como IDEA Internacional, la adopción de IA en la gestión electoral exige bases sólidas: infraestructura digital confiable, alfabetización tecnológica del personal, ciberseguridad avanzada y datos de calidad. Implementar soluciones algorítmicas sin estos prerrequisitos no solo es ineficiente, sino peligroso. La automatización sin supervisión humana puede generar errores sistémicos, exclusiones injustificadas o pérdida de control institucional.

Otro aprendizaje central es que no todo problema electoral requiere una solución con IA. La fascinación tecnológica puede llevar a adoptar herramientas innecesarias o inadecuadas, impulsadas más por proveedores comerciales que por necesidades reales. De ahí la importancia de análisis de riesgo caso por caso y de marcos regulatorios que distingan aplicaciones de alto riesgo como el reconocimiento facial de usos de menor impacto, como chatbots informativos con funciones limitadas.

En este punto, las recomendaciones del informe mexicano son particularmente pertinentes: etiquetar contenidos generados por IA, fortalecer la alfabetización digital de la ciudadanía y promover la colaboración intersectorial. Ninguna institución electoral puede enfrentar sola la magnitud del desafío. La defensa de la integridad democrática exige redes que integren a autoridades, academia, medios de comunicación, plataformas tecnológicas y organizaciones de la sociedad civil.

La ciudadanía, por su parte, también juega un rol crucial. En un entorno donde las herramientas de detección de deepfakes son imperfectas y las etiquetas pueden ser eliminadas, el pensamiento crítico se convierte en una forma de defensa democrática. Verificar fuentes, desconfiar de contenidos sensacionalistas y acudir a información oficial son prácticas básicas que hoy adquieren una relevancia política mayor.

En última instancia, la discusión sobre IA y elecciones es una discusión sobre confianza. La confianza en que el voto cuenta, en que la información es verificable y en que las reglas del juego no están siendo manipuladas por tecnologías opacas. La IA llegó para quedarse en el ámbito electoral. La pregunta no es si debemos usarla, sino cómo garantizar que su integración fortalezca y no fracture los valores democráticos. Porque, como bien señalaron participantes del taller de Johannesburgo, cuando se pierde la confianza, se rompe el proceso. Y sin proceso, no hay democracia que resista.