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Ernesto García Hernández
Opinión

Reforma electoral la posibilidad de posponer para no improvisar

La historia nos ha demostrado que el sistema electoral mexicano enfrenta sus mayores crisis en los momentos cruciales en coyunturas politicas y no provienen necesariamente de un sistema de leyes vacío, sino de la tentación de forzar los tiempos políticos por encima de las capacidades institucionales. Hoy, con la reforma electoral en la mesa y la inédita elección del Poder Judicial en el horizonte, el país vuelve a colocarse frente a una disyuntiva conocida: ajustar el calendario a la realidad o empujar una decisión que, por apresurada, puede salir cara.

Los propios consejeros del Instituto Nacional Electoral han puesto sobre la mesa una advertencia clara: celebrar la elección judicial junto con los comicios federales y locales de 2027 es, en términos técnicos, operativos y ciudadanos, inviable. No es una postura política; es una lectura de experiencia. Martín Faz consejero potosino planteo que: el INE planteó mover la reforma a finales de 2027, llevarla a 2028 sería todavía mejor. No por comodidad, sino por viabilidad democrática.

El 7 de junio de 2027 no será una jornada cualquiera. Ese día están programadas las elecciones de 500 diputaciones federales, la renovación de 850 cargos del Poder Judicial federal, comicios locales en las 32 entidades con 17 gubernaturas en juego y procesos judiciales locales en 24 estados. A ese cóctel, la Presidencia ha planteado añadir la consulta de Revocación de Mandato, originalmente prevista para 2028. No se trata solo de una boleta larga: es un maratón institucional que pondría a prueba incluso a los sistemas electorales más robustos.

Aquí aparece el primer gran contraste de la reforma: el discurso oficial insiste en simplificar, abaratar y acercar la democracia a la ciudadanía, el diseño temporal amenaza con generar confusión, saturación y desgaste. Claudia Zavala, consejera del INE, recordó que el Instituto pidió formalmente evitar la concurrencia de elecciones judiciales con procesos políticos tradicionales. La experiencia reciente particularmente en Veracruz y Durango dejó claro que mezclar lógicas distintas en un mismo día no fortalece la participación; la diluye.

Posponer la elección judicial a 2028 tiene una ventaja fundamental: permitiría al INE concentrarse exclusivamente en un proceso que, por definición, es distinto. No hay partidos, no hay campañas tradicionales y el nivel de información que requiere el electorado es mucho mayor. Pedirle a la ciudadanía que, el mismo día, decida entre candidaturas partidistas, juzgadores federales, jueces locales y una eventual revocación presidencial no es pedagogía democrática; es sobrecarga cívica.

Paradójicamente, la propia reforma reconoce que la elección judicial necesita ajustes profundos. El INE ha propuesto al menos una veintena de cambios para reducir su complejidad y elevar la participación. Pero esos cambios requieren tiempo: para legislarlos, socializarlos, capacitar funcionarios y, sobre todo, para que la ciudadanía entienda qué está votando y por qué importa. Sin ese margen, el riesgo no es solo una elección mal organizada, sino una elección deslegitimada.

El contexto político tampoco ayuda. La reforma electoral que prepara el Ejecutivo no se limita al tema judicial. Incluye debates sensibles: la posible reducción del número de diputaciones, el rediseño de las plurinominales y el costo del sistema electoral. Claudia Sheinbaum ha sido clara en un punto: las listas de representación proporcional no deben seguir siendo definidas por las cúpulas partidistas. La idea de primeras minorías empieza a perfilarse, pero aún sin consenso. Es decir, el corazón del modelo de representación sigue en discusión.

A eso se suman las tensiones con los aliados. El Partido del Trabajo y el Partido Verde han expresado reservas y exigencias, sobre todo de cara a 2027. Aunque el discurso  habla de “buen ánimo” y “diálogo”, lo cierto es que la negociación política está abierta y nada garantiza una aprobación tersa. En paralelo, la oposición encabezada por el PAN ya fijó líneas rojas: sobrerrepresentación, financiamiento, plurinominales e intromisión del crimen organizado. El tono ha escalado a la confrontación abierta y a la amenaza de movilización.

En ese escenario, insistir en una elección judicial concurrente en 2027 parece menos una decisión técnica y más una apuesta política de alto riesgo. Posponerla a 2028 no significa renunciar a la reforma; significa darle condiciones de credibilidad. Significa separar debates: primero, una elección federal compleja por sí misma; después, un ejercicio inédito que redefinirá la relación entre ciudadanía y Poder Judicial.

La democracia no se fortalece acumulando boletas, sino garantizando que cada voto sea informado y cada proceso, comprensible. Si el objetivo de la reforma es acercar las decisiones al pueblo, la prisa juega en contra. El calendario electoral no debe ser un trofeo político, sino una herramienta al servicio de la confianza pública.
En este momento, la mejor señal que podría enviar el Ejecutivo y el Congreso es escuchar a la autoridad electoral y a la experiencia acumulada. Posponer la elección judicial a 2028 no es retroceder; es reconocer que, en democracia, improvisar siempre sale más caro que esperar.