La fe de los católicos de Real de Catorce parece enfrentarse, una vez más, a una realidad que va más allá de lo espiritual. El anuncio realizado recientemente por el presidente municipal, Javier Sandoval, sobre la edificación de un gigantesco monumento a San Francisco de Asís, ha despertado tanto expectativa como preocupación entre habitantes, creyentes y visitantes del Pueblo Mágico.
La obra, que se proyecta como un homenaje con motivo del 800 aniversario del fallecimiento del santo, promete convertirse en un nuevo atractivo turístico y religioso. Sin embargo, la experiencia previa en el municipio lleva a cuestionar si la devoción también será objeto de cobro. Y es que en Real de Catorce, la fe camina de la mano con una política de recaudación que, para muchos, resulta excesiva.
No es un secreto que este municipio es uno de los pocos —si no el único— en el país que cobra por el simple hecho de ingresar a su cabecera municipal. Cruzar el histórico túnel de Ogarrio tiene un costo, ya sea en vehículo particular, transporte turístico o incluso en carretón. La única manera de evitar el pago es atravesarlo a pie. A ello se suma el cobro por estacionarse en la explanada del propio túnel y, más adelante, por el uso de sanitarios públicos dentro de la presidencia municipal.
Bajo este contexto, surge una pregunta legítima: ¿cuánto costará apreciar el imponente monumento de San Francisco de Asís desde el cerro del Orégano? ¿Habrá una cuota para acceder, observar o fotografiar la estatua que, se supone, representa la fe, la humildad y el desprendimiento material que caracterizaron al llamado “Panchito”?
A lo largo de los años, distintos gobiernos municipales han mantenido esta dinámica de cobros, generando inconformidad entre los propios habitantes y entre los miles de peregrinos que acuden cada año a venerar al santo. Lejos de aliviar la economía de los fieles, todo apunta a que la recaudación podría incrementarse con la llegada de este nuevo atractivo.
Real de Catorce fue, siglos atrás, uno de los municipios más ricos del país gracias a su actividad minera. Hoy, su riqueza es histórica, cultural y espiritual. La pregunta es si esa riqueza se está administrando con sensibilidad social o si, por el contrario, se continúa viendo a la fe como una fuente más de ingresos para las arcas municipales.
El reto para el actual gobierno será demostrar que el desarrollo turístico y religioso puede ir de la mano del respeto a la devoción popular, sin convertir la espiritualidad en un producto con precio de entrada.
Pablo de la Rosa
Opinión
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