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Kenia Hernández
Inquietudes Contemporáneas

No estamos hechos para la inmediatez

Después de bautizar religiosamente la hoja en blanco de mi diario, leo la leyenda que le sucede: “escribe para amar vivir”. Yo la puse para aliviar la saturación periodística que diariamente esparzo. Me sirve como una antítesis de la información noticiosa; es un espacio que puede escapar de a poco, sin prisa, pero con memoria. No quiero que el cansancio se convierta en una locución trivial de mis manifiestos, sino, por el contrario, un hábito vestido con elocuencia después del incendio. Pero hay tanto por abarcar y tanta vida por vivir, que ambas se disputan un descanso inexistente.

Tan solo en la última semana vivimos de política, seguridad y educación. Sin embargo, los temas apremiantes que hoy ocuparon nuestras agendas serán páginas olvidadas del próximo mes. Puedo nombrar algunos.

Para empezar, muy cerca de la contienda electoral, las líneas en el campo de juego  son finas y los partidos políticos ya comen ansias por el primer saque. Las alianzas, mientras tanto, son jugadores en la banca de nadie: unos las niegan y otros las afirman. Así, las negociaciones con el árbitro han comenzado. ¿Quiénes serán nuestros candidatos? Esa es la pregunta de oro, aunque cada semana nos lleve a teorías escandalosas y cartuchos que se queman demasiado rápido.

Además, durante el fin de semana fuimos testigos de la instalación de la Universidad Nacional Rosario Castellanos en Soledad. Una escuela que llegó con promesas de empleabilidad futura, becas y hasta la homologación de las telesecundarias. Todo fue fiesta. Sin embargo, en ese mismo lapso, dos empresarios potosinos con aspiraciones políticas desaparecieron en Villa de Reyes y el lunes se confirmó el hallazgo de sus cuerpos sin vida.

También tenemos fresca la impresión de que febrero registró oficialmente los dos primeros feminicidios del año. Las víctimas son Adanely, de 35 años y Yesenia Yoselin, de 24, ambas fueron presuntamente asesinadas por sus parejas sentimentales. Sus casos nos revelan una verdad más allá de las cifras de este delito: la violencia familiar arraigada. Esa historia que se calla entre las cuatro paredes del hogar y que emite alertas diarias hasta escalar a la muerte.

Todo lo anterior es impactante, intrigante, y muy probablemente, pasará a segundo plano en los siguientes siete días. Como en una carrera de relevos, las noticias avanzan sin detenerse. A las empresas que mediatizan la información les compete la velocidad pero a sus maquilantes -nosotros, los reporteros- nos toca mantener un paso digno para reivindicar la memoria. Claro, sin quedarnos atrás en la partida.

Dice en una lectura acertada que terminé recientemente:  “En Tijuana te recibieron historias de balaceras y ejecutados que en el siglo XX eran aún atípicas en Monterrey. Descubriste y te impresionaste con mil y un relatos de migrantes deportados, pero tarde comprendiste que al lector tijuanense promedio, esos infiernos le importan muy poco”.

No estoy hecha para la inmediatez, me repito cuando los temas parecen quedar atrás pero yo aún tengo algo qué decir. Mis textos no piden ser leídos rápido ni esperan una respuesta visceral o audiencias que lloren ni aplaudan, buscan pausa. Tal vez esta no sea la reflexión política más filosa que lo enchile a usted, lector, pero sí es el espejo de alguien que confronta con la noticia todos los días. Mientras tanto, Adanely, Yesenia y los empresarios Pablo Ortega y Osvaldo Luna pueden dejar aquí su huella.