“Todo es un posible vector de humo en la sociedad de la distracción”. A esa conclusión llegué mientras scrolleaba en el infinito mundo de las teorías conspirativas de internet. Era una tarde cualquiera y yo estaba hundida en el sedentarismo -ejercicio propio del FOMO informativo- revisando la última actualización de mi feed. Por millonésima vez, apareció “la noticia más alarmante del momento” -que, piénsalo bien, podría ser cualquiera-; en esta ocasión venía retratada por máscaras, colas peludas y personas caminando en cuatro patas. Y de nuevo surgió la pregunta: si esto es una cortina de humo, como alertan los más escépticos, ¿qué cosa más atroz estará ocurriendo detrás de todo lo que ya sabemos?
Vivimos crónicamente distraídos.
Luego de que explotó el fenómeno de los Therians en redes sociales, el algoritmo hizo lo que mejor sabe: amplificar nuestra surrealidad. Personas que se identifican a nivel espiritual como animales, pese a habitar un cuerpo humano. Una vez más, la realidad superó a la ficción y reafirmamos que las adolescencias están en búsqueda de su propio significado, mientras se convierten -inevitablemente- en comidilla mediática.
Los adultos, incluida yo, reaccionamos con escándalo y descubrimos que quizá no somos tan open mind como pensábamos. Como era de esperarse, se desató la histeria semanal, la misma que ya ha acompañado otros escándalos en otras tardes nada particulares.
Pero junto con la euforia de lo socialmente prohibido llegó también la sospecha: que si todo esto es un espejismo para fijar nuestra atención en la pantalla, que si nos distraen para que no advirtamos lo importante. Entre ese nicho se mencionan crisis políticas, escándalos como los archivos de Jeffrey Epstein o tensiones internacionales como la relación entre Estados Unidos y América Latina.
Pero no es un secreto que captar y retener nuestra atención es la misión explícita del algoritmo. No hace falta una conspiración sofisticada para entender un sistema cuyo diseño exige una distracción constante.
En mis imaginarios, a veces veo al algoritmo como un chiquillo en el patio observando un hormiguero. Las hormigas somos nosotros. A nivel macro, la colonia funciona: hay rutas claras, tareas asignadas e información compartida. Todo apunta a una vida estable. Hasta que, de un manguerazo, el escuincle borra los pasadizos y nosotros debemos empezar de nuevo. La colonia, si bien no desaparece, se reconfigura; incluso se fragmenta. En ese reinicio constante se pierde memoria, dirección y continuidad.
Dentro del hormiguero informativo, creemos que alguien nos borra el conocimiento porque “algo” se quiere ocultar. Sin embargo, quizá la erosión no responde a un plan maquiavélico, sino a un ecosistema que apremia lo inmediato, lo viral, lo escandaloso por encima de lo relevante y lo profundo.
Sí, hay cosas terribles sucediendo en el mundo. Pero también vivimos crónicamente informados y, paradójicamente, poco enfocados en algo el tiempo suficiente como para actuar. Consumimos indignación en cápsulas breves. La compartimos y luego la olvidamos.
¿Qué nos queda? Despegar un poco el pulgar de la pantalla.
De los últimos reels que has visto, ¿qué recuerdas con claridad? El algoritmo exige dinámicas insostenibles para mantenernos actualizados, pero intento resistirme: tomo notas, me levanto del sofá, salgo a la calle y me encuentro con personas reales, no usuarios ni comentarios.
No todo es humo. A veces el problema es que cambiamos de incendio antes de que arda por completo.