Se dice, que no debemos opinar de lo que no comprendemos, pero ¿cómo podemos comprender algo de lo que no intercambiamos diálogo?
Debo confesar que me preocupa que el diálogo sea leído como traición para con las mías. No porque ponga en duda las violencias que nos atraviesan, sino, porque cuestiono: en tiempos donde ya abandonamos la comunicación, ¿cuáles son los matices que responsabilizan al otro de participar en una lucha contra el sistema?
Inició marzo, mes que enmarca la conmemoración de la lucha histórica por los derechos de las mujeres. Este año, el Día Internacional de la Mujer cae en domingo, lo que, antes de llegar a la manifestación en las calles, se presta para transitar una semana llena de escenarios distintos.
Desde que se sirve el primer café en la mañana, hasta que se apagan las luces por la noche, los comentarios sobre esta fecha aparecerán. En la oficina, en las escuelas, en la mesa, en el auto y en el hogar. Todos parecen tener algo qué decir al respecto, aunque, no necesariamente esperan una respuesta a cambio.
Tal parece que hoy, cuatro años después de que inició la cuarta ola del feminismo (2019 – 2020), todo quedó contenido en dos extremos. El primero, reviste a un grupo de personas que expresan su aprobación al movimiento. Por otro lado, encontramos a quienes se empeñan en espetar su desacuerdo con la justificación de que no le encuentran sentido. Estos dicen: "No quiero escuchar razones, ni siquiera me interesa; aún así me quejaré de no tener permiso para opinar del tema”.
En redes sociales encontraremos publicaciones alusivas al 8M y entre los comentarios, descubriremos especímenes fantásticos: “pibes facheros” que en manada se jactan de ser misóginos e incluso aplauden los feminicidios. En tierra de nadie como lo es Instagram, Facebook o X, la violencia es más que simbólica, transgrede espacios donde se intenta hablar de feminismos, de equidad, de memoria o de derechos reproductivos.
Sin embargo, este comportamiento no es el mismo una vez alejado de las pantallas. A pesar de que hay quienes sostienen sus insultos en público, cara a cara, un misógino puede fingir inocencia ignorante.
Afuera, las mujeres nos topamos con compañeros de trabajo, familiares o maestros que están desconectados de nuestras luchas. Lo que expresan con sutiles pedradas como: “espero que las señoritas no se vayan a ofender con lo que voy a decir”.
En ese comentario, aún permanece el odio y el descrédito. Si bien, ya no como un hecho, sino como una "opinión", pero lo hacen desde el miedo.
Hace ocho siglos, el filósofo andalusí Averroes advertía que la violencia nace de la ignorancia; y que el miedo cuando no se enfrenta, se convierte en odio. Su teoría, que apelaba a la razón, nos evidencia que el prejuicio no es, sino un rechazo frente a lo desconocido.
Por un lado, el hombre moderno asegura que hoy su mayor miedo es ser "señalado" por el feminismo, debido a una opinión equivocada o a un evento malinterpretado. Pero en cambio, no muestra interés en cuestionar sus conductas y finalmente, toma la decisión más sencilla: se desentiende del movimiento. Lo que no es menormente grave, pues se necesita de su despertar para cambiar al sistema.
Así como los hombres, las mujeres desarrollan un actuar político casi en el mismo tono, limitando el intercambio de diálogos, espacios y relaciones sexo afectivas con personas del sexo opuesto.
Pero a diferencia de la apatía masculina, la postura de una mujer que ya no está dispuesta a discutir sobre sus derechos, miedos o deseos con hombres, no está enfocada en su comodidad individual, sino en el prosperar de su lucha y el bienestar de una comunidad. A esto se le llama, separatismo feminista.
Para la política, el separatismo son las acciones que un grupo de personas se plantea como objetivo, para excluir a otro y así liberarse de su influencia. Cabe aclarar que estas expresiones no son necesariamente exclusivas de comunidades oprimidas. Por ejemplo, existen movimientos separatistas negros y blancos, que a menudo, son opuestos y violentos entre sí.
Sin embargo, es importante puntualizar que no todos los extremos de violencia son equiparables en daño. Existe la violencia estructural del supremasista, mientras que en el otro polo, el oprimido se manifiesta con una violencia reactiva o defensiva.
Trasladado al feminismo, la filósofa Marilyn Frye, escribió que las feministas separatistas son “doble y radicalmente insubordinadas” debido a que los espacios solo de mujeres obedecen a una resistencia contra el patriarcado, su control de la información y su necesidad ilegítima de querer nombrarnos.
Hasta este momento, queda claro que la ética de retirar al varón como partícipe de una discusión sobre mujeres, es un ataque frontal para repeler la violencia que las invisibiliza y oprime. Pero también, paradójicamente, es el rechazo entre ambos grupos el que refuerza la idea de que “somos distintos” e inentendibles unos con otros.
En ese escenario, observo que el hombre asumió, que "no le compete" para hacerse responsable de su participación en un sistema que le otorga beneficios estructurales. Incluso, pese a que ya hay consecuencias que le “asustan” sobre el despertar femenino -como el celibato voluntario-. Y cómo eso le afecta en su acceso a las mujeres.
En su blog, “¿Qué es el separatismo feminista?”, Kalinda Marín – a quien les invito a leer- reconoce que el separatismo aún es objeto de debate entre las propias feministas. Sin embargo su práctica no es impositiva, aunque su carácter puede ir desde lo radical, hasta lo improvisado.
Asegura, que una vez hartas de lidiar con los oídos sordos que nos arrebatan la dignidad; las mujeres practican en alguna forma, la separación para vivir su vida en libertad.
En su exposición también escribe: “Los varones se sienten amenazados con la idea de la separación. Por supuesto, nunca han participado en espacios mixtos, pero no soportan la idea de perder el liderazgo… Las mujeres tenemos que decidir si queremos un feminismo asimilable por el sistema patriarcal o un feminismo que si fuera asimilado causaría la propia destrucción del patriarcado”.
En tiempos de extrema violencia, puedo comprender nuestra urgencia de proteger los espacios que nos han costado vidas ganar. Sobre todo, cuando es una amenaza vigente, que de nuevo, nos quieren colonizar. Pero cuestionando la segregación, opino -a reserva de mi derecho legítimo de equivocarme- que la construcción del conocimiento no debe dividirnos, sino ordenarnos.
Si bien, como menciona Kalinda Marín, “negar el derecho a ser separatista es repetir el discurso misógino”. Me tomaré la libertad de meter mi cuchara para aportar que, el qué hacer político también habita en el diálogo.
No necesitamos ser expertos en un tema para mostrar curiosidad. Tal vez la reacción de la mujer no sería enajenada de la masculinidad, si el varón dejara de asumir que su opinión es inequívoca. Lo que nos deja con la pregunta: ¿El diálogo es incómodo porque es una herramienta vencida o porque nos enfrenta con la humildad de soltar las armas?
A pesar del aparente carácter ensayístico de este texto, debo confesarle a usted, que me da miedo pecar de privilegiada y traicionar con superioridad errada al movimiento que me dio voz.
No obstante, sostengo la tesis de que, si bien, ninguna mujer está en la obligación de educar a un hombre en la era de la información. También refuerzo que la separación de los diálogos dificulta el recomponer un sistema para el que se necesitan escuchas activas y diálogos constructivos entre dos.
Ninguna mujer está obligada a educar a un hombre en la era de la información. Pero si el sistema que queremos transformar está compuesto por ambos, renunciar por completo al diálogo puede convertirse, sin quererlo, en una renuncia a disputar el sentido del poder.
Tal vez el diálogo no es una herramienta vencida. Tal vez es la más incómoda, porque exige humildad. Y la humildad, en tiempos de guerra simbólica, parece una traición.