Dios aborrece la violencia, y a los perversos que la ejercen, los repudia. Inicio con esta afirmación teológica porque, en los últimos días, la infinitamente polarizada esfera pública se ha vuelto otro campo de batalla, además del que tristemente se vive en Oriente Medio, y la Biblia misma ha sido utilizada para sostener posturas en el terreno político. Porque cuando se recurre al dogma es porque los argumentos se acaban.
Lo que acontece al mundo ha puesto de cabeza a todos y ha evidenciado lo ridículo y vergonzoso que es el populismo y sus ideologías de panfleto. Los que se dicen de izquierda se rasgan la vestiduras al defender a regímenes que seguramente los llevarían a la horca, y quienes se llaman de derecha justifican las tácticas de Trump y Netanyahu evidenciando la precariedad en la que viven los gobernados por el régimen chiita, dándole la vuelta al genocidio que estos dejan tras su paso.
Dejemos las cosas claras, casi todas las afirmaciones son ciertas: los gringos e israelíes están encabezando un genocidio y destabilizando el Medio Oriente por sus propios intereses económicos y geopolíticos, mientras que Irán y aliados buscan avances militares para luchar una guerra santa en contra de Occidente. No hay buenos en esta historia, solo hay víctimas humanas y una auténtica necesidad de exterminar al adversario.
La fuerza profética de las escrituras no deja de ser tan atinada. Sin lugar a dudas, el conflicto más crudo en el mundo, el que más repudio étnico correspondido ha cosechado, es el conflicto del Medio Oriente. Pareciera que no existe una solución más que la supervivencia deuno sobre el otro, ya que sus principios religiosos los hacen rivalizar desde el aspecto más íntimo.
Pareciera que nada podemos hacer, más que entristecernos por lo sucedido, condenar la violencia y orar por los inocentes. Pero no, lo cierto es que ese conflicto debe ser un ejemplo viviente de un punto al que nunca debemos llegar. Ninguna ideología, ninguna religión, ninguna postura política debería jamás enfrentarnos con tal odio. Cualquier camino que sugiera que la extinción del otro es la única solución, es incorrecto, indefendible e injustificable. No sigamos el camino de los perversos, es momento de hacer una reflexión para abandonar el odio y defender el diálogo.
Dejo un última reflexión: los populismos son un camino muy peligroso que puede dirigir la narrativa política a los extremos. No olvidemos que, en el fondo, la extrema izquierda busca la erradicación del capital y las clases altas y la extrema derecha la erradicación de la disidencia y de las minorías. Nada bueno hay en lo extremismos, es momento de buscar el equilibrio, de encontrar el centro.