Resistirse a desaparecer en el algoritmo, es el alegato principal de un creador digital en tiempos de sobreproducción de contenidos. De los últimos reels que has visto: ¿qué recuerdas de ellos? De los posts que almacenas en guardados: ¿cuántos volviste a consultar? Una duda me aqueja y rebobina: ¿qué consecuencias tiene la sobrecarga de información? Aunque me abruma la inmediatez, exijo renovación, especialmente como una reportera buscando la nota del día. Y en el scroll infinito, parece que estoy suspendida, sin memoria, sin ideas.
Hace 25 años, a mis padres les preocupaba que sus hijos tuvieran las herramientas para enfrentar un mundo computarizado. Aunque fui instrumentada para hacerlo, hoy me preocupa que el desastre no esté en lo anticuado, sino en lo instantáneo y moderno: nadamos entre un sobrepoblado de herramientas que nos exigen producir, pero nos desconectan del sentido de nuestra creación.
En medio de nuevas tecnologías, los llamados “nativos digitales” (Generación Millennial y Z, en adelante), nos desarrollamos como pioneros creadores de la web. Al inicio, como diversión, después como un trabajo. Pero todo comenzó con el síndrome de la eterna actualización. El internet ya no solo es un canal, es un medio de explotación.
Sin importar tu profesión -periodista o especialista de la salud-, lo que producimos hoy, debe ser expuesto en digital, así lo exige la oferta laboral. La creatividad se traduce en tu capacidad para crear videos cortos y dinámicos, porque quien no existe en redes, no existe en la vida real. Aunque al final, se convierten en metadatos olvidables.
Los textos, videos y audios, en cualquier otra era, serían ampliamente valiosos si consideramos que, en este siglo, están al alcance de un click. Pero al igual que en la biblioteca de Alejandría, un fuego los desaparece, esta vez, es la llama de la inmediatez que desplaza lo nombrado por una nueva tendencia, en medio de un formato que amenaza con desaparecer al antiguo creador.
En las últimas semanas, yo misma exploré distintos formatos para que esta columna llegue a ustedes: grabé videos, diseñé carruseles, escribí más. Ese compendio de ejercicios me permitió captar diferentes audiencias. Según Instagram: mujeres y hombres entre 18 y 34 años de edad, pero que curiosamente, su promedio de retención -en el caso de reels-, se fue en picada drástica con los primeros 10 segundos de imágenes.
Por lo anterior, yo también intento resistirme a desaparecer: como espectadora, tomo notas de lo que llama mi atención, lo repaso. Pero también, como creadora: reduzco mi velocidad de producción, no dejaré que me exploten; aunque eso también me aísle de lo que define el mundo moderno.
Quiero cerrar esta semana un poco más literaria y confesarle: temo que mis denuncias se dobleguen ante la ceguera de la inmediatez pues constantemente, cuestiono si es que abono en informar, o bien, contribuyo a la nube de excesos. Pero no puedo sino, contradecir y defenderme: ¿Es que soy repetitiva o doy seguimiento a mis palabras? Me ofusca la premura de igualarme en la carrera de grandes nuevas tragedias, porque las viejas no mueren. Me miran y dicen: “¿tú también nos abandonas?” Yo mantendré viva la llama porque te veo a ti en la audiencia, pero también tú tienes que quedarte.