“Hablar de suicidio es muy difícil, porque hablar de suicidio es hablar de la muerte y, muchas veces, de nuestra propia muerte”, señaló Milton Carlos Guardiola, responsable del Programa de Prevención del Suicidio de los Servicios de Salud del Estado; quien a su vez reconoció que el suicidio constituye un problema de salud pública que todavía es tabú entre la sociedad.
Las primeras señales de un suicidio aparecen en edades cada vez más tempranas pero su comisión no está limitada a un género ni a un grupo de edad. Durante el 2025, San Luis Potosí ocupó el lugar número cinco dentro de las tasas estandarizadas de suicidios más altas por cada 100 mil habitantes, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). Y los casos documentados en la entidad señalan que, desde los ocho años y hasta más arriba de los 60, niñas, niños, adolescentes y adultos, deciden terminar con su vida mientras el llamado de atención para la comunidad nos urge a prestar atención sobre el acceso a la salud mental.
“Realmente sí sigue siendo un privilegio”, señaló María Isabel Murillo Hernández, coordinadora y fundadora de la consultoría en psicología, Mente Sapiens, un espacio que busca acercar este servicio a personas de bajos recursos y estudiantes en San Luis Potosí.
La especialista explicó que, debido a la falta de una estandarización, entre sus colegas, el costo de una consulta psicológica suele oscilar entre los 500 y más de mil pesos, según el nivel de especialidad. Un gasto que puede representar una barrera para las personas con recursos limitados.
Para el trabajador promedio, calculó que estos precios pueden consumir hasta una tercera parte de su presupuesto total para subsistir de forma individual. Una inversión que puede definirse entre comer o atender una situación emocional.
Como un punto de referencia de esta segregación, en el 2025, la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del INEGI reportó que más de medio millón de potosinos recibían un ingreso laboral de hasta un salario mínimo; y a través de su informe sobre pobreza laboral, indicó que el 43.5 por ciento de la población no puede adquirir la canasta básica con su ingreso salarial.
Pero el factor económico no es el único obstáculo que le impide a una persona recibir ayuda. En una sociedad en la que todavía prevalece el estigma, hablar sobre enfermedades mentales y los deseos de morir, conlleva una carga importante de prejuicios y censura.
Expresiones como “es que solo quiere llamar la atención” y “está chantajeando”, son algunos de las respuestas que menoscaban el sufrimiento de una persona quien puede estar atravesando una situación difícil. Lo más preocupante es que estas expresiones, muchas de las veces, comienzan desde casa.
“Todavía es complicado saber cómo abordarlo porque es una perspectiva que podemos ver alejada a nosotros y cuando se presenta en un contexto más cercano -como con amigos y familiares- esa es la parte complicada, el saber cómo actuar y saber qué hacer. Muchas veces no tenemos las herramientas necesarias”, expresó una estudiante de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP), quien desde hace años recibe un tratamiento psicológico y ha experimentado procesos de duelo.
La civil -quien prefirió permanecer anónima- resaltó que existe una ruptura con padres de familia, docentes y en general, adultos de generaciones mayores, para hablar sobre padecimientos como la ansiedad o la depresión y cómo estos pueden conducir a quien lo padece, a tener ideas suicidas.
De acuerdo con los registros de la Estadística de Defunciones Registradas (EDR) que elabora el INEGI, entre el 2023 y el 2025, San Luis Potosí escaló seis lugares frente a todo el país en el ranking de la tasa de personas que terminaron con su vida. Y de acuerdo con el número de defunciones registradas, el año pasado, hubo 314 personas que se suicidaron cuya residencia habitual se encontraba en la entidad.
En términos de promedio anual, esto representa una defunción cada 28 horas, aproximadamente.
¿Qué es lo que nos dicen los datos duros sobre esta incidencia?
Con información preliminar hasta el mes de julio, en 2026, el estado acumuló 158 suicidios, de acuerdo con datos del Subsistema Estadístico y Epidemiológico de las Defunciones. Una proporción similar a la del mismo periodo en 2025, con la excepción de que este año aumentaron dos casos más.
De este número, Guardiola resaltó que el 83 por ciento de las muertes, correspondió a varones; sin embargo, la estadística también reveló otro dato importante, que son las mujeres quienes más lleva a cabo intentos de suicidio, entre los 12 y los 16 años de edad.
De forma geográfica, por su concentración mayoritaria poblacional, los municipios de la zona metropolitana como la capital y Soledad de Graciano Sánchez aglomeraron el mayor número de eventos, aproximadamente el 50 por ciento.
Y sobre la prevalencia de esta conducta en grupos de edad, el funcionario puntualizó que, si bien, las edades en las que más se suicidan las personas ronda entre los 25 y 27 años de edad, es decir, adultos jóvenes en edad productiva; también hubo registro de niños y niñas que fallecieron por este motivo. Hasta ahora, el récord histórico más temprano en la entidad ocurrió en un menor de ocho años.
En su informe más reciente, la EDR categorizó que, de enero a marzo de 2026, las lesiones autoinfligidas intencionalmente ocuparon los primeros 10 lugares a nivel nacional, entre las principales causas de muerte de personas entre los 10 a 44 años de edad y acumuló 1,470 defunciones en todo el país.
Además, el INEGI también señaló que, en 2025, fueron registrados 39 suicidios de niñas, niños y jóvenes potosinos, 12 de ellos fueron cometidos por infantes entre los 10 a 14 años; y 27, entre los 15 y los 19 años. Por otra parte, hubo 18 suicidios en adultos mayores, la mayoría de ellos entre los 60 a 65 años.
La medición matemática es, por sí misma, insuficiente para dimensionar todo lo que implica el fenómeno de las autolesiones, porque en los números, no existen historias con las que podamos empatizar ni conocer las herramientas a las cuales acudir o con las que ayudar a quienes las necesitan.
Tan solo en el ámbito infantil, Murillo Hernández resaltó que un grueso de los fallecidos, ni siquiera habían entrado a la secundaria cuando tomaron la decisión de concluir con su camino vital. Este dato es preciso ya que, explicó, durante esta etapa del crecimiento, el lóbulo prefrontal -encargado de la toma de decisiones- no está desarrollado y ello puede contribuir a una vulnerabilidad emocional mayor, frente a contextos difíciles.
“¡Imagínate! En ese proceso ¿Qué haces con tus emociones? ¿Cómo las procesas?”, cuestionó.
Desde la perspectiva de una paciente anónima, la terapia le ha proporcionado herramientas para enfrentar la vida. No obstante, precisó que el proceso no constituye una inyección de alivio inmediato y, por lo tanto, también reconoció que es un privilegio recibir asistencia para su salud mental.
“Puede que yo le eche ganas, pero eso no necesariamente va a cambiar mi contexto. Es importante pensar qué herramientas generamos para ser amables con nosotres mismes y tampoco frustrarnos porque no todo el mundo lo va a entender”, indicó.
El suicidio va más allá de las categorías y no se puede estandarizar
El problema del suicidio -explicaron ambos especialistas-, es que no puede ser estandarizado y, por lo tanto, cada caso es diferente y particular de las condiciones por las que atraviesa una persona que experimenta un sufrimiento. Pero ello no indica necesariamente que no existan formas de detectarlo y prevenirlo.
Como la principal red de apoyo, la familia es clave en el acompañamiento de las emociones, sobre todo de menores. Aunque actualmente, Guardiola resaltó, la interacción en este ámbito está deteriorada por situaciones de violencia.
“Hay algo que como sociedad no terminamos de entender y es que los niños se dan cuenta de todo. De todo su contexto, individual y familiar”, indicó la coordinadora de Mente Sapiens.
Otras condiciones, señaló, también las viven en entornos educativos como la exposición a presiones académicas, rechazo, discriminación, acoso y bullying. Murillo Hernández relató que, desde su experiencia, ha conocido casos de infantes que manifiestan ya no tener deseos de vivir.
“Hubo una niña en específico y es lo que más me duele… Se lo comentó a una amiga en confianza y le dijo: “sabes qué, estoy sufriendo estas dificultades, tengo ganas de morir”. ¿Qué fue lo que hizo la amiga? Le entregó la navaja de un sacapuntas y le dijo “ten””, narró.
A pesar de que el suicidio es un tema que ha tomado relevancia en el ámbito sanitario, acotó que no existen parámetros establecidos para construir un “suicidómetro”, una herramienta que, en el ámbito de la violencia de género ha permitido ilustrar las señales de alerta frente a una agresión que puede derivar gradualmente en la muerte.
Murillo Hernández precisó que en espacios fuera de lo digital, los contextos no permiten que la población se exprese de forma abierta y eso, ha disminuido la sensibilidad de la sociedad frente a la muerte. Mientras que algunos protocolos, aunque existen, están limitados en su intervención por recursos, falta de transparencia y en general, hermetismo en instituciones, por ejemplo, educativas.
Aseguró que, en sus años de práctica en entornos escolares, solo el 10 por ciento de quienes sufren de algún problema de salud mental, manifiestan necesitar ayuda. En ese sentido, precisó que no es suficiente con identificar posibles riesgos.
“Tenemos que preguntarnos: ¿Qué condiciones sociales, familiares, sanitarias, tiene esta persona? Y que no se están atendiendo para llegar a estos momentos o a estos pensamientos”, finalizó.
¿Qué hacer y a dónde acudir en caso de una emergencia?
La diferencia entre la ideación suicida, un intento de suicidio y la muerte por suicidio, prevalece en la acción individual, pero todos son igual de preocupantes. De acuerdo con los Servicios de Salud Estatales, una persona que intentó quitarse la vida cometerá una segunda tentativa en un plazo próximo de 48 horas, por ello, la respuesta de amistades, conocidos, familiares y autoridades debe de ser inmediata.
“No le dejamos sola a la persona, se le acompaña en todo momento y se le hace ver que se le tiene que avisar a algún familiar. Más vale perder a un amigo que perder la vida de ese amigo. Se deben quitar todas las cosas con las cuales puede hacerse daño sí y de inmediato debe recibir valoración psicológica”, puntualizó Milton Guardiola.
Escuchar antes de emitir un juicio puede ser la diferencia entre la esperanza y el fatalismo. Por ello, hoy más que nunca, es urgente abordar a la salud mental como un servicio de primera necesidad para el bienestar. En opinión de los expertos, psicoeducar a la población en San Luis Potosí, es una resposabilidad que las instituciones, públicas y privadas, deben garantizar.
Como parte de los programas para la prevención de adicciones y fomento al bienestar emocional, el Gobierno del Estado cuenta con siete Centros Comunitarios de Salud Mental y Adicciones (CECOSAMAS), ubicados en municipios como la capital, Soledad de Graciano Sánchez, Salinas, Ciudad Valles y Rioverde.
Asimismo, en dos de ellos existen Centros Integrales de Salud Mental, en Ciudad Valles y San Luis Potosí, donde también se ofrecen servicios de psiquiatría. Para urgencias médicas, el titular canalizó a la clínica Psiquiátrica, Dr. Everardo Neumann Peña, que opera durante las 24 horas.
Para llamadas de canalización, intervención y orientación, recomendó a la Línea de la Vida al 800-911-2000; un servicio telefónico gratuito, confidencial y disponible los 365 días del año, para casos de crisis emocionales que gestionan autoridades federales a través de la Comisión Nacional de Salud Mental y Adicciones (CONASAMA).
En el marco del Día Mundial de la Salud Mental, la prevención del suicidio no termina con reconocer las señales de alerta. También implica escuchar sin prejuicios, construir redes de apoyo y garantizar que la atención psicológica y psiquiátrica sea accesible para quienes la necesitan, sin que la edad o las condiciones económicas representen un impedimento.
En San Luis Potosí, las cifras dimensionan un problema que atraviesa distintas etapas de la vida, pero también evidencian la necesidad de fortalecer los mecanismos de atención y acompañamiento. Frente al estigma y las dificultades para acceder a servicios de salud mental, el reto es que pedir ayuda deje de ser un privilegio y se convierta en una posibilidad real para todas las personas.