El boxeo japonés atraviesa una de sus horas más oscuras. En menos de un año, cuatro peleadores han perdido la vida o quedado en estado crítico a causa de lesiones cerebrales sufridas en el ring, un hecho que ha sacudido a la comunidad deportiva y que, según sus propios dirigentes, amenaza con borrar de un golpe la tradición pugilística en el país asiático.
El caso más reciente ocurrió el 2 de agosto en Tokio, donde dos jóvenes boxeadores de 28 años, Shigetoshi Kotari e Hiromasa Urakawa, fallecieron días después de ser operados del cerebro tras combatir en la misma velada. A esta tragedia se suman la muerte de Kazuki Anaguchi en diciembre pasado y el coma en el que permanece Ginjiro Shigeoka, de 25 años, desde mayo en Osaka. A la lista se añade un amateur que tampoco ha recuperado la conciencia tras una cirugía por lesiones similares.
Ante esta cadena de sucesos, la Comisión Japonesa de Boxeo ha encendido todas las alarmas. “Si no mejoramos las cosas, este deporte no podrá continuar”, advirtió su secretario general, Tsuyoshi Yasukochi, al reconocer que el boxeo se encuentra en un punto de quiebre histórico.
Entre las medidas en estudio figuran controles más estrictos contra las drásticas pérdidas de peso, test de orina para detectar deshidratación y protocolos médicos reforzados. La disyuntiva es clara: transformar el boxeo japonés para garantizar la seguridad de sus atletas o aceptar el riesgo de que un deporte centenario quede fuera de combate en la nación del sol naciente.