Las paradisíacas postales de Bali quedaron opacadas esta semana por las devastadoras inundaciones que azotaron la isla y regiones vecinas, donde al menos 23 personas perdieron la vida y cinco más siguen desaparecidas, según el último balance de la Agencia Nacional de Gestión de Desastres de Indonesia (BNPB). La emergencia ha afectado tanto a la capital balinesa, Denpasar, como a seis regencias cercanas, dejando a la isla en estado de parálisis.
Las intensas lluvias iniciaron el martes y desde entonces han provocado el colapso de viviendas, puentes y carreteras, lo que dificultó las labores de rescate. Aunque las condiciones meteorológicas mejoraron desde la noche del jueves, cientos de familias continúan desplazadas y dependen de la asistencia humanitaria. En Denpasar, donde se ubica uno de los aeropuertos internacionales más importantes del país, los equipos de rescate trabajan a contrarreloj para retirar escombros y evacuar a personas que quedaron atrapadas en medio de las corrientes.
La magnitud del desastre también alcanzó a la provincia vecina de Nusa Tenggara Occidental, conformada por unas 400 islas, donde se confirmaron cinco fallecidos y tres desaparecidos. Más de 185 personas tuvieron que abandonar sus hogares y refugiarse en albergues temporales, mientras autoridades locales distribuyen ayuda con lanchas neumáticas que antes eran empleadas exclusivamente en evacuaciones.
El gobierno indonesio declaró el estado de emergencia en las zonas afectadas y desplegó un operativo que se extenderá al menos hasta el próximo miércoles. Las tareas prioritarias incluyen la reparación de carreteras, muros de contención y estructuras colapsadas, además de la entrega de víveres y atención médica. La tragedia evidencia, una vez más, la vulnerabilidad del archipiélago frente a los desastres naturales y el desafío de proteger tanto a su población como a una de las industrias turísticas más importantes del sudeste asiático.