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Gustavo Candia
Opinión

Las 'casualidades' letales y cinismo sin límites de la 4T

En este México de la "transformación", donde las coincidencias parecen multiplicarse como los discursos vacíos en las mañaneras, uno no puede evitar arquear la ceja ante la cadena de muertes que rodean a los marinos involucrados en las investigaciones sobre el huachicol fiscal. Hablamos de ese robo hormiga o, mejor dicho, elefantiásico de combustible que, según las autoridades, ha costado miles de millones al erario, pero que ahora parece cobrarse vidas con una precisión quirúrgica. No uno, no dos, sino al menos siete fallecidos: cuatro marinos y tres exfuncionarios federales, todos con nexos directos o indirectos a las denuncias de esta red criminal que opera en aduanas y puertos. ¿Casualidades? Por favor, en un país donde el crimen organizado mueve hilos como titiritero experto, estas "coincidencias" huelen a operación de silenciamiento.

Tomemos el caso del capitán de navío Abraham Jeremías Pérez Ramírez, cuyo cuerpo apareció sin vida en circunstancias reportadas como suicidio, apenas días después de que su nombre saliera a relucir en las pesquisas sobre contrabando de combustible. Y no es el único: otro marino muere en un supuesto accidente durante un entrenamiento, mientras que fiscales y contralmirantes caen en asesinatos que, deductivamente, apuntan a una trama mayor. El consultor en seguridad David Saucedo lo pone claro: estas muertes no son azarosas, sino un posible esfuerzo por "silenciar voces" que podrían destapar más podredumbre en la red de huachicol fiscal. Si sumamos los puntos, detenciones de casi 50 implicados, entre altos mandos, empresarios y funcionarios, la deducción es inevitable: alguien con poder e influencia está limpiando el camino. ¿Carteles? Seguro. ¿Con complicidad interna? La temporalidad lo grita: las muertes surgen justo cuando las investigaciones aprietan, apuntando a autores que operan desde las sombras del poder, posiblemente vinculados a esos mismos mandos que permitían descargas ilegales en puertos controlados por la Marina. No es paranoia opositora; es lógica deductiva ante un patrón que repite el viejo manual del crimen organizado: eliminar testigos antes de que canten.

Y aquí entra la presidenta Claudia Sheinbaum, quien, con esa mezcla de autoridad doctoral y evasión calculada, ha intentado minimizar el escándalo. "No hay certeza de que el marino muerto estuviera involucrado", dijo sobre Pérez Ramírez, insistiendo en que una muerte fue suicidio y otra un accidente, sin vínculo confirmado con el huachicol. "Apoyo y solidaridad a la familia", agregó, pidiendo no especular por respeto a las víctimas. Noble, ¿verdad? Pero cuando un reportero osó preguntar si estas muertes eran "casualidad", la presidenta perdió la compostura: "Es inapropiada tu pregunta", espetó, y ante la insistencia, remató con un "ya no te voy a contestar". ¿Molestia por el cuestionamiento o por la exposición de una realidad incómoda? En cualquier caso, su reacción revela más que sus palabras: un gobierno que prefiere el silencio a la transparencia, especialmente cuando las sombras tocan a sus aliados.

Pero el cinismo no para ahí. Mientras los marinos caen como fichas de dominó, la 4T desvía la atención hacia otros frentes, defendiendo a ultranza a figuras como Gerardo Fernández Noroña, Adán Augusto López y su exsecretario de Seguridad, Hernán Bermúdez Requena, envuelto en un escándalo de nexos con el narco que haría sonrojar a cualquier administración pasada. Luisa María Alcalde, presidenta de Morena, sale al quite: "No tiene nada que aclarar", dice sobre Adán Augusto, insistiendo en que "no hay nadie protegido" y que la investigación irá "tope hasta donde tope". Pero en el mismo aliento, critica a Felipe Calderón por García Luna, recordando cómo Morena acusaba a los de antes de saberlo todo y no hacer nada. ¿Y ahora? Noroña, desde la presidencia del Senado, interrumpe y censura a quien ose mencionar el caso de Adán Augusto, defendiendo que no debe renunciar ni como senador ni como coordinador de Morena. "Es una campaña de golpeteo de la prensa", brama, mientras corean "¡No está solo!" en asambleas partidistas.

Aquí radica lo verdaderamente indignante: el doble discurso sin límites que sustenta la supuesta moralidad de Morena. Ellos, que se llenaban la boca criticando la impunidad en otros sexenios "nunca se dijo nada sobre otros funcionarios", repiten como mantra para desviar–, ahora se escudan patéticamente en lo mismo que condenaban. ¿Dónde está la "honestidad valiente" cuando toca defender a los suyos? Es un cinismo descarado, una falacia elevada a doctrina partidista, donde el "no somos iguales" se convierte en "somos peores, pero miren lo que hicieron hace años". Lo patético no es solo el escudo del pasado; es cómo creen que los mexicanos nos tragamos esa narrativa gastada, mientras las muertes se acumulan y las investigaciones se diluyen en retórica. Si esta es la transformación, prefiero el México imperfecto de antes, donde al menos las máscaras caían más rápido.

P.D.: Con profundo duelo por la muerte de Charlie Kirk, asesinado a tiros el pasado 10 de septiembre durante un evento en la Universidad de Utah Valley, no puedo dejar de reflexionar sobre las consecuencias de opinar en política. Todos los que nos involucramos en estos temas –desde columnistas hasta activistas– sabemos que el debate debe atacar ideas, no a las personas; esa es la esencia de un diálogo civilizado. Sin duda, se nota que los que somos de derecha siempre lo hemos entendido así, priorizando el argumento sobre el agravio personal. En cambio, los de izquierda no, pues lo que identifica a los progres zurdosos es precisamente la violencia, los asesinatos, la división y la segregación, con ejemplos que van desde Hitler hasta nuestros días, donde el odio ideológico se traduce en balas y silenciamientos. Que su legado inspire a combatir con palabras, no con plomo. Descansa en paz, Charlie.