La política exterior de Donald Trump volvió a sacudir el escenario internacional con la presentación de los 26 países fundadores de la llamada Junta de Paz, un organismo impulsado desde Estados Unidos con la intención de intervenir en conflictos armados y procesos de reconstrucción, comenzando por la guerra en Gaza. El anuncio marcó el arranque formal de una estructura que pretende operar al margen de los mecanismos tradicionales de mediación.
La lista de países revela un mapa político particular: predominan naciones de Oriente Medio, Asia Central y el Sudeste Asiático, junto con algunos gobiernos de Europa del Este y América Latina. Arabia Saudí, Turquía, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Egipto y Marruecos destacan entre los participantes, mientras que en el continente americano figuran Argentina, El Salvador y Paraguay, lo que refleja una alianza heterogénea más política que geográficamente cohesionada.
Según el planteamiento difundido por el entorno de Trump, la Junta de Paz tendría como objetivo supervisar la aplicación de un plan de 20 puntos enfocado en detener la violencia, coordinar ayuda humanitaria y sentar bases para la reconstrucción en zonas de conflicto. La ausencia de varias potencias occidentales y de organismos multilaterales tradicionales ha alimentado dudas sobre la legitimidad y capacidad operativa del nuevo bloque.
Más allá de su diseño institucional, la iniciativa deja ver una disputa más amplia sobre quién define hoy las rutas de la diplomacia internacional. Para algunos sectores, la Junta de Paz representa un intento de reconfigurar el orden global desde alianzas flexibles; para otros, es un experimento político que podría chocar con la complejidad de conflictos donde la credibilidad y el consenso internacional siguen siendo piezas clave.