Lo que para millones fue uno de los momentos más comentados del Super Bowl LX, para un grupo de congresistas republicanos se convirtió en motivo de denuncia. La actuación de Bad Bunny durante el espectáculo de medio tiempo encendió una ofensiva política que busca sanciones formales ante la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) por presunto contenido inapropiado en horario estelar.
La inconformidad no se limitó a críticas en redes sociales. Legisladores conservadores impulsaron solicitudes para que se impongan multas económicas tanto al artista como a las empresas responsables de la transmisión, incluida la NFL y la cadena NBC. Algunos incluso plantearon consecuencias penales, al considerar que el espectáculo cruzó límites de decoro establecidos para la televisión abierta en Estados Unidos.
El eje del reclamo gira en torno a fragmentos de letras —traducidas al inglés durante la transmisión— y a ciertos elementos visuales que, según los críticos, no eran aptos para una audiencia familiar. Desde su perspectiva, el evento deportivo con mayor audiencia del año no debería convertirse en plataforma para contenidos que consideran explícitos o provocadores.
Más allá del caso concreto, el episodio reaviva una discusión recurrente en la sociedad estadounidense: ¿dónde termina la libertad artística y dónde comienza la regulación del espacio público? Mientras sectores conservadores apelan a normas de moral televisiva, seguidores del cantante interpretan la ofensiva como un choque cultural que refleja divisiones más profundas sobre identidad, expresión y poder mediático en el país.